
Bajo los rayos del sol del mediodía, este viernes 3 de abril León, volvió a detener su ritmo cotidiano para caminar, una vez más, junto a Cristo.
Desde las 10:00 de la mañana y hasta la 1:00 de la tarde, el Viacrucis recorrió con solemnidad y profunda devoción las calles del corazón de la ciudad. La procesión partió con un mensaje lleno de fe pronunciado por el Arzobispo de León Jaime Calderón Calderón, quien acompañó en todo momento este acto que, más que una representación, fue una experiencia viva de memoria, dolor y esperanza.
Inspirado en la resistencia cristera y bajo el lema “La cruz que sostuvo la fe de un pueblo”, el recorrido reunió a distintas rectorías como la Catedral Metropolitana de León, el templo del Inmaculado Corazón de María, San Felipe Neri, Tres Avemarías, el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y la Tercera Orden, que se unieron para dar vida a cada estación del camino.
A lo largo de la calle Madero, hasta llegar al Templo Parroquial del Sagrario, el calor no fue impedimento. Bajo el intenso sol, los fieles avanzaban con sombrillas, gorras y botellas de agua, pero sobre todo, con una fe que parecía más fuerte que el cansancio.
Alrededor de 120 personas, entre ellas 40 fueron con vestimentas de época, representaron con respeto y entrega a quienes vivieron la Guerra Cristera, recordando que la historia no solo se cuenta, también se siente.
Uno de los momentos más conmovedores se vivió, por segundo año consecutivo, con la participación de entre 30 y 35 madres buscadoras del colectivo Madres Guerreras de León.
Su presencia, caminando en la fila de mujeres como las mujeres de Jerusalén, transformó la escena en un acto profundamente humano. No solo acompañaban a Jesús: compartían su propio dolor, su lucha y su esperanza. Su andar silencioso, cargado de ausencia, se convirtió en un testimonio que tocó el corazón de todos los presentes.
Como el año pasado, ellas caminaron junto a Cristo, recordándonos que el sufrimiento sigue existiendo, pero también la fuerza para seguir adelante.
En esta edición, Diego Eliud fue el encargado de dar vida a Jesucristo, llevando sobre sus hombros no solo la cruz, sino la mirada y la emoción de toda una comunidad.
Así, entre el calor, la fe y el recuerdo, León vivió un Viacrucis que no solo representó una historia, sino que la hizo latir en cada paso.