1 de octubre de 2018
El jueves pasado, 27 de septiembre —para ser exactos—, tuve la oportunidad de colaborar con una iniciativa social y artística que detonó en un evento cultural celebrado en la tenería San Ángel de la ciudad de León. En el lugar, se presentaron obras pictóricas, audiovisuales, y —como plato fuerte—, la pianista Ana Cervantes ofreció un concierto de piano.
Se trata de una iniciativa orquestada por un par de mujeres admirables y apasionadas, que trabajan con un único objetivo: ayudar a los niños que se encuentran viviendo con sus madres en los centros penitenciarios del estado. Para los nuevos en la materia —como lo fui yo hasta hace unas semanas—, les comparto que la ley se modificó hace poco, volviendo factible que esos niños vivan con sus madres hasta los tres años. Y, dado que el sistema penitenciario no fue inicialmente diseñado para albergarlos, se encuentran en una posición vulnerable.
A esto le deben que, en una de las asociaciones que ha trabajado el tema a nivel nacional, se les haya dado el nombre de «niños invisibles». Lo cual —considero personalmente—, no resulta demasiado atinado; ya que obliga a la metáfora simplificadora de su contrario: «hacerlos visibles». Como si, al sensibilizar a la población sobre su existencia —visibilizarlos—, se agotara el tema. Acción que acerca a cualquier iniciativa social, a sentimientos sociales engañosos, tales como la conmiseración y la caridad. Recordemos a Sade, quien afirmó que, «la beneficencia es un vicio del orgullo antes que una virtud del alma».
Porque, por otro lado, si estos niños tuvieran todo lo que requieren, bien podrían seguir su vida siendo invisibles. Léase, su visibilidad no es, necesariamente, una condición para su bienestar. Y, en este sentido, las coordinadoras de la iniciativa han sabido dirigir y priorizar sus esfuerzos hacia acciones que impacten en el beneficio de los niños y, no tanto, en la «visibilización». Incluso, los encargados del concepto creativo —quienes no pudieron resistirse a explotar el término «invisible»—, dieron, por serendipia, con una frase bastante interesante.
Paul Klee —pintor alemán—, escribió en alguna ocasión «Kunst gibt nicht das Sichtbare wieder, sondern macht sichtbar». Frase que ha sido traducida —erróneamente— como «el arte hace visible lo invisible». Se entenderá la tentación de utilizar el término «invisible», en un evento que conjuntaba niños de la cárcel y artistas. Con todo, lo que Paul Klee dijo es, algo muy cercano a «el arte no refleja lo visible, pero lo hace visible».
La diferencia es sutil pero sustanciosa. En la primera traducción, que resulta demasiado pragmática, el arte se limitaría a transformar en visibles, elementos excluidos del campo de lo visible. En la segunda, que está más cargada de poesía —y, por ende, de verdad—, el arte no tomaría elementos excluidos del campo, sino que reconfiguraría elementos del campo visual, no sólo para hacer surgir algo nuevo, sino para transformar, de manera definitiva, el campo visual. El arte puede transformar el mundo, no porque haga visibles elementos invisibles, sino porque transforma nuestra manera de ver —y comprender— el mundo.
Hemos dicho algo bastante similar cuando afirmamos que «el inconsciente no está en lo profundo». En aquel momento dijimos que el inconsciente no está en un lugar del que hay que extraer significados profundos, sino que se juega en el discurso que un analizante —o paciente— presenta frente a un analista. Son los elementos —las fallas— del discurso del paciente los que permiten acceder a él. Y es a partir de esos elementos que se logra —no sólo hacer consciente lo inconsciente— sino transformar la realidad psíquica.
Al final, esa es la verdadera apuesta de las coordinadoras de la iniciativa. Ellas no están apostando a hacer —o hacerse— visibles, sino a transformar la vida de esos niños que, actualmente, están viviendo en las cárceles de nuestro estado. Es una tarea compleja, pero, así como ha levantado los más diversos obstáculos, ha inspirado a muchas personas a salir de su zona de confort y colaborar. A mí, me inspiró a escribir unas décimas que les dejo, a manera de cierre.
De mi mano nace el trazo
que atrapará tu mirada,
y en tu pupila hechizada
verás nacer nuestro abrazo.
Aprende a mirar, acaso,
quien recibe la noticia,
de que amar es la pericia
de transmitir lo imposible,
y abrir el campo visible
para encender la caricia.
Manos, cuerdas y madera,
te ofrezco como tesoro.
Este contacto sonoro
será tu escucha primera.
El hielo muda en hoguera
cuando el sonido propicia,
una morada ficticia,
donde el cariño es audible,
y en un compás es factible,
hacer vibrar la caricia.
Tu mano es lienzo vacío,
un espacio sin colores,
donde el fusil o las flores,
son sólo un reflejo mío.
Es colosal desafío,
saber que acaba e inicia
en mis manos la justicia;
que en mis dedos es posible
formar el mundo sensible,
para engendrar la caricia.
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