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PERDONEN LA TRISTEZA

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Iniciamos la columna de hoy, con una frase del cantautor español, Joaquín Sabina (lo anterior a guisa de no atribuirnos dicha frase como de nuestra autoría). No encontré las palabras exactas para definir el sentimiento de impotencia, de rabia, de miedo, ante los sucesos ocurridos en el trascurso de esta semana que está por fenecer. Arthur Schopenhauer, filósofo alemán, en uno de sus múltiples ensayos, señaló: “Si Dios ha hecho este mundo, yo no quisiera ser Dios. La miseria del mundo me desgarraría el corazón”. Específicamente no podemos borrar de nuestra mente el caso de la pequeña Fátima.

El trágico evento ha conmocionado al mundo entero, ya que es inconcebible imaginar el atroz crimen que sufrió dicha pequeña. En estos tiempos apocalípticos, algo está ocurriendo, los seres humanos estamos perdiendo esa parte espiritual que nos distingue del resto de los animales, viendo con desorbitantes ojos, los horrores de los que es capaz la humanidad entera para con sus semejantes. Homo homini lupus, locución latina creada por el latino Plauto, y popularizada por el filósofo Thomas Hobbes, que a la letra significa “el hombre es el lobo del hombre”. Se respira en el aíre el ambiente de miedo, de injusticia, de horror, cual si fuese el aroma que se ventila por una carnicería, olor a óxido, a sangre, a indiferencia.

La criminalidad ya ha pedido sus propios códigos de honor, y ya no se diferencia el culpable del inocente, el adulto del infante, el hombre de la mujer. Y no importa cuántas marchas se organicen por las principales avenidas de las grandes metrópolis, ni cuantas bardas sean dañadas con pinturas de aerosol, ya que el problema es aún más profundo: la corrupción y el mal uso del poder por parte de las autoridades, las cuales en estos momentos están preparando el terreno para las elecciones venideras, haciendo una larga lista de lo que les falta por robar, sin importarles un bledo el dolor ajeno, la tragedia, los ríos de sangre, los asaltos, los robos, las muertes por encargo, la delincuencia organizada, comportándose como verdaderos filibusteros que están planeando su próximo golpe, comportamiento bucanero que ya lleva siglos imperando en estas tierras aztecas. Dios los hace y ellos se juntan, en un sistema tan perfecto que es imposible que las cosas salgan mal, al menos no para ellos: una Secretaría de Seguridad Pública con elementos famélicos e ignorantes que tratan de hacer que se cumpla una ley que ellos mismos desconocen; fiscalías generales de justicia que no hacen las investigaciones a profundidad, por conocer de las técnicas adecuadas de una investigación policial, resolviendo casos en los que las propias partes aportaron sus propias pruebas, porque la fiscalía no puede resolver casos tan sencillos como el robo de una mochila en un preescolar, atrapando chivos expiatorios, sembrando y alterando pruebas para que les “cuadre” su marco fáctico”; un Poder Judicial cuyos juzgadores inconscientes dejan libre al culpable y encierran al inocente; una Procuraduría de los Derechos Humanos que insiste en defender los derechos de aquellos que se encargan de transgredir los derechos de otros, vigilando concienzudamente que no se violen los derechos de la escoria social, que mucho perjudica pero que nada aporta, salvo terror y muerte; un poder legislativo cuyos miembros llegaron al curul por favoritismos políticos, totalmente estúpidos, con un cerebro muy vacío y unas uñas muy largas; una sociedad cuyos miembros no quieren quitarse la venda de los ojos, caminando por las calles cual si fueran zombis, muertos vivientes, que van por la vida sin un ápice de cultura general, sin valores, sin moral ni ningún medio de control social, más preocupados por el resultado final de un partido de futbol que por salir de esta difícil situación en que nos encontramos. Somos más proclives a hacer graciosas caricaturas de las tragedias que nos acontecen, que de hacer críticas y ensayos proponiendo soluciones al sistema. Latinoamérica es vista con profunda tristeza a nivel internacional, cuyos ciudadanos ven al pueblo latino como un pueblo donde no se toman nada en serio, en esta bendita tierra de los albures, de los convivios, de la carnita asada, de los intercambios navideños, de los largos puentes de asueto, de la impuntualidad, de la música cuyo contenido pornográfico y delictivo mueve más masas que el himno a la alegría de Beethoven. En fin, queridos lectores, perdonen la tristeza.     

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