Cada vez son más frecuentes los hechos delictuosos en los que la población toma lo que considera la justicia en mano propia y con ello se presentan casos de indignación social, que desgraciadamente no pasan de ahí.
Los niños desde siempre han sido víctimas de violencia en las escuelas, que debieran ser santuarios en donde se privilegiara la paz. No obstante hemos dejado de lado la pedagogía y dado paso libre a la ley del más fuerte, cuya vigencia deja al descubierto un ancho camino a la prevalencia del derecho del más fuerte a imponer su voluntad.
La vigencia del derecho del más fuerte, es una herencia no analizada de la conducta machista, que pregona la necesidad de que todo mundo tome en propias manos la defensa de sus derechos, que así consentida, se convierte en venganza que conlleva a la cadena de las injusticias, cuyo daño permanente cesa sólo con el perdón.
En una sociedad dominada estadísticamente por el cristianismo se considera una debilidad quien asume el perdón para finiquitar el conflicto. Por eso, es muy frecuente que los padres de familia inciten al hijo a resolver el conflicto por medio de la venganza. La venganza ejecutada aún por el propio agraviado no deja de ser éticamente condenable pues sumerge a la comunidad en un conflicto sin fin.
La conducta de Cristo, cuya referencia ha llegado a nuestros días, es ejemplo de la efectividad del perdón como forma de vivir en paz y lograr objetivos a largo plazo. En el caso de nuestra sociedad el perdón sería el mejor camino para alcanzar la paz social.
¿Podremos aspirar cuerdamente a la paz social, con quinientas mil familias con sus padres encarcelados y otros miles de ellos muertos en confrontaciones estériles? No obstante la pertinencia de la reflexión anterior, son escasos los discursos tendientes a encontrar una solución de fondo. Afirman que un político exitoso dice a sus seguidores “ Con los enemigos no se pacta; se les aniquila” independientemente de si existe o no el referido personaje, lo cierto es que a diario vemos casos en los que se aplica con rigidez la consigna.
No podemos válidamente aspirar a la paz si cada día sembramos el odio y la desconfianza. No podemos aspirar a una sociedad democrática, si lo que menos interesa al grupo es el progreso social económico y cultural de sus prójimos.
Los niños ejercen violencia entre sí, porque lo ven y lo sufren, en el seno de su hogar, en las calles y, de jóvenes, ven ausente el perdón por doquier. Los adultos ven venir con el desempleo, la pérdida de los bienes de la vida que con el trabajo habían logrado y los casos de empobrecimiento se incrementan cada día.
Una economía que privilegie el fruto liberador del trabajo y rechace la depredación del patrimonio ajeno, es un objetivo inaplazable, si deseamos evolucionar como seres racionales.
