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Homo Sapiens Communis

Durante casi tres siglos nos definimos como Homo Sapiens. Esa nominación de especie se la debemos al sueco Carl Nilsson Linnæus. Así que creíamos que todos éramos completamente esa especie, sin importar la etnia o el lugar geográfico donde habitáramos.

Pero en la década pasada, las investigaciones de Qiaomei Fu, en las grutas de Desínova, Siberia, cambiaron todo. Fu es especialista en genómica, evolución molecular y biología molecular.

Primero descubrió una raza distinta de Homo Sapiens, que no tenía el mismo linaje de aquellos que salieron de África. Se les conoce como Homo Sp. Altai. Sin embargo, en las mismas cuevas, no sólo se reunían estos homínidos contemporáneos al Homo Sapiens, también estaban grupos de Homo neanderthalensis (Neandertales) y Homo Sapiens. La revolución se dio al revisar los códigos genéticos de algunos sujetos que habitaron esa zona: varios eran mezclas genéticas de las tres especies. Allí empezó todo y cambió nuestra concepción de lo que somos.

La mayoría de los seres “humanos” que habitamos este lugar somos una combinación genética. Y no sólo de Desinovanos (entre un 3% a un 17%), Neandertal (entre un 0.012 a un 5%), heidelbergensis (0.004 a un 0.07%), floresiensis (con cargas genéticas muy bajas, pero presente en la mayoría de los euroasiáticos). Así que dejamos de ser simples Homo sapiens, para que nuestra especie tenga una determinante más communis o familiaris.

Los últimos quince años, los estudios genéticos, la biología molecular y las neurociencias han llegado a determinar que la “pureza genética” de Homo sapiens sólo se encuentra en una franja muy reducida de África. Y pureza es un decir, su secuencia sólo muestra una baja combinación, pero está allí. El antropólogo forense Kenneth A. R. Kennedy, en sus diversos estudios lo ha demostrado.

Qué tristeza deben tener ahora los puristas de las razas: ser blanco, amarillo o moreno demuestra nuestra falta de “pureza racial”.

En otro estudio de Fu, se ha encontrado que todas esas combinaciones lograron los que hoy somos: resistencia a bacterias y virus que nos hubieran matado con facilidad, lo mismo que enfermedades congénitas como diabetes, hipertensión, problemas del corazón, etc.

No queda más que aceptar aquel grito de guerra de los estridentistas: ¡Viva el mole de guajolote! Parafraseando sus búsquedas artísticas, nosotros examinamos en la posibilidad de una ciencia nueva, juvenil, entusiasta y palpitante.

Captain@Crunch

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