Las noticias sobre crímenes violentos tienen una larga tradición en México. Uno de los más escabrosos, y que quedaron grabados a fuego en la mente de los ciudadanos, ocurrió la noche del 23 de octubre de 1789, cuando CDMX era conocida como “la muy noble, muy leal y muy insigne capital del virreinato español”.

La mañana del 24 de octubre de 1789 un miembro del cuerpo de dragones (encargados de mantener el orden en la Colonia) encontró un carruaje abandonado. De inmediato llamó su atención, pues pertenecía a Don Joaquín Dongo, uno de los comerciantes más importantes de aquel entonces, y amigo cercano del virrey Juan Vicente de Güemes, conde de Revillagigedo.

Cuando el otrora policía entró a la casa de Don Joaquín, ubicada en calle Cordobanes, (hoy Donceles) encontró un dantesco escenario: once cadáveres horriblemente descuartizados, entre ellos el comerciante, su tesorero y nueve criados. ¡Incluso habían asesinado a un perico! Entre restos humanos y charcos de sangre y fue a reportar los hechos a su superior.

La investigación, con todas las carencias que tenían las autoridades en aquel entonces, no se hizo esperar. Descubrieron que los criminales habían robado cerca de 20 mil pesos en monedas de plata, lo que era una inmensa fortuna para el siglo XVIII. Era una época en que hechos tan horribles apenas se podían imaginar, de modo que el asesinato de Don Joaquín y su gente comenzó a divulgarse en todos los rincones de Nueva España.

AVANZA LA INVESTIGACIÓN

Los dragones comenzaron a indagar entre toda la gente de la calle Cordobanes, y una mujer dijo que vio a un relojero conocido como Ramón Blasio rondar por la propiedad. Tenía, además, un dato curioso: la cinta con la que se amarraba la cola de caballo (moda de aquel entonces) estaba manchada de sangre.

Las autoridades fueron a la casa del relojero y él argumento que se debía a que esa noche estuvo en una pelea de gallos, pero aun así, registraron su casa, encontrando una hebilla de plata con las iniciales “J.D.” y un cofre con las monedas de plata recientemente robadas.

Poco después, dieron con los cómplices: José Joaquín Blanco y Baltasar Dávila Quintero, quienes confesaron sus acciones: la noche de los hechos llegaron a la casa, y abrieron los sirvientes, diciéndoles que eran comisarios que investigaban un robo. En cuanto entraron, sacaron machetes y comenzaron la masacre. Durante los actos tuvieron que silenciar a la mascota de Dongo, un perico que se alteró, y a un indio mensajero que tuvo la mala fortuna de llegar en ese momento.

Don Joaquín llegó horas después, y al ver los cuerpos desmembrados no se asustó, pues era hábil en esgrima, y en vez de esconderse desenfundó su espada… pero rápidamente, los tres criminales lo mataron a machetazos.

De inmediato los tres asesinos fueron arrestados y sometidos a una pena ejemplar: un verdugo les cortó las manos a la vista de los habitantes de Nueva España, y posteriormente las colocaron en el lugar de los hechos.

Hoy en día, el caso de Don Joaquín ha sido abordado por varios gigantes de la literatura mexicana, entre ellos Vicente Riva Palacio y Manuel Payno recrean el caso en “El libro rojo” y Carlos Monsivaís, quien lo menciona en su libro “Los mil y un velorios” quizá el mejor estudio de la nota roja en México. En Donceles podemos ver una placa conmemorativa que dice “En esta casa fue asesinado Don Joaquín Dongo”.

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