Voy a hacer otra confesión: parte de mi historia, digamos académica, no podría entenderse sin Elena Garro, quien lamentablemente a veces es mejor conocida por haber sido esposa de nuestro único premio nobel en Literatura, Octavio Paz. Sin embargo, quienes hemos estudiado algo de su vida, sabemos que no podemos amarlos a los dos, no parecería congruente.
Y discúlpenme si hiero sensibilidades literarias, pero quien ha leído un poco de ambos, reconoce en Elena a una mejor escritora. Pero por su controvertida historia y personalidad, su reconocimiento como una de las mejores escritora mexicanas parece lento y a veces un secreto. Parte de su triste historia está retratada en el hermoso documental, “La cuarta casa”, que está en YouTube.
Lo escrito por Elena va desde el reportaje y la entrevista periodística, la poesía, el cuento, la novela, hasta lo que hoy nos trae hasta aquí: sus textos dramáticos. Escribió en total 16 obras de teatro, entre la que destaca, (o es mi favorita) “Benito Fernández”, por ser a mí parecer, la más divertida. Y si no, para muestra basta un botón: imaginen a un joven, Benito, de clase alta venido a menos (algo así como un mirrey mimado), acompañado por su clasista tiíta, quienes van al mercado de La Lagunilla a comprarle ¡una cabeza a Benito!, y mientras buscan y regatean con el pintoresco vendedor, otros clientes aparecen: un clásico político priísta, una hijita de papi con dinero pero sin educación, y un cliente indeciso que se mete en todo y nada.
Pero, ¿qué nos quiere decir Elena con este texto dramático, cuya trama es más mágica que posible? Elena a través de sus personajes critica duramente entre broma, chiste e indirecta, a la sociedad que somos los mexicanos, la cantidad de mentiras (o imprecisiones, si esto le parece menos agresivo) que tiene nuestra historia patria, la porquería de políticos (no todos… espero) que nos gobiernan, y entonces, aunque la obra fue escrita en 1957, da tristeza ver que en el 2018 la historia sigue siendo una mentira (nos faltan 43 más un número al infinito), la sociedad parece cada vez más clasista y racista (eso sí, compramos amablemente artesanías mexicanas para ser muy folclóricos, mientras le regateamos al indígena que no ha comido en todo el día, o despreciamos al migrante que hoy necesita una mano, como si nosotros no nos fuéramos de mojados), y finalmente nuestros políticos, sin importar el partido al que hoy les convino pertenecer… bueno, sin comentarios…
Han pasado 61 años, ¿qué no hemos aprendido algo? Tristemente, parece que muy poco. Tendemos a olvidar como si el mal del Alzheimer nos invadiera desde el nacimiento. Tal vez eso significa no tener cabeza, que no tenemos memoria y por eso seguimos repitiendo los mismos errores.
Ante estas circunstancias, finalmente cabe preguntarse y reflexionar si realmente los mexicanos tenemos lo que merecemos, como en algún punto sentencia la tiíta de Benito. Yo creo que no tenemos lo que merecemos, pero tampoco hemos luchado lo suficiente por lo que merecemos y sí, primero tenemos que encontrar más que comprar, nuestra propia cabeza, hacer memoria, para poder hacer presente y tomar con firmeza las riendas del futuro, y dejar de ser, entonces, un Benito Fernández.
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