miércoles, agosto 26, 2026
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‘Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo…’

Uno de los temas que han estado dando de qué hablar en la esfera social y política del país en los últimos meses es el de la gentrificación; sin embargo, más que nombrarlo como un problema actual, lo que vivimos es en realidad el resultado de un problema que se viene añejando desde hace mínimo treinta años, sino es que más.

Esta problemática es uno de los productos incomodos de la globalización, resultado del descuido en el manejo de los gobiernos anfitriones hacia la integridad de sus propios países, recibiendo con los brazos abiertos y de forma incondicional y desmedida  a la inversión extranjera, desde empresas multimillonarias hasta los turistas ocasionales.

En primera instancia parece ser mayor beneficio que perjuicio a la economía y el desarrollo urbano y social de una región, pues no es mentira que dichas inversiones ayudan a los gobiernos a modernizar o actualizar la urbe, mejorar los espacios públicos y las vías de comunicación, así, que lleguen empresas extranjeras representan grandes oportunidades de empleo y posibles mejoras de calidad de vida para bastantes personas; incluido el turismo, pues no es mentira que el turista tiene contemplado gastar (o invertir) en su descaso, beneficiando a los comercios locales. O así es como vendían el gran sueño de la globalización, como algo esperanzador y completamente lleno de beneficios para los mexicanos. Sin embargo, en la realidad, y como ya he comentado en otras columnas, los políticos no contemplan más allá de los ‘beneficios’ o de la utopía de sus planificaciones.

En teoría, la globalización no debería dar problemas, debería ser un beneficio pleno para la humanidad; sin embargo, no se contempla ese factor crucial en la interacción humana, su misma humanidad, una característica de erraticidad e impulso voluntario. Lo impredecible del ser humano y su voluntad resultan ser factores a considerar ya que los beneficios expuestos o presupuestados son si, y solo si, no se tergiversan los ideales del intercambio cultural.

Es decir, si el gobierno anfitrión ofrece garantías y normativas a sus ciudadanos para un buen desarrollo entre culturas, economías y que los beneficios serán cuantificables, no solo calificables, que todos podremos gozar de estos beneficios y no solo queden en el papel o en las altas esferas de la sociedad. Además, que las culturas o países que lleguen respeten las costumbres, tradiciones, usos reglamentos del país al que llegan, pues, aunque ellos vienen a gastar, no significa que pueden hacer lo que quieran en tierra que no es de ellos.

Por años, México estuvo siempre con los brazos abiertos a los extranjeros, demostrando esa calidez de anfitriones que nos caracteriza; es más, en el populum, se decía que un mexicano trataba mejor al extranjero que a su propio hermano mexicano. Siempre viendo por demostrar las mejores cualidades de nuestro país, orgullosos de nuestras tradiciones y nuestra historia, esto incluso desde la época colonial.

Nuestra cultura siempre ha sido malinchista y racista, dando todo el respeto y beneficio al extranjero y despreciando o minimizando al local, teniendo lemas como ‘buscar mejorar la raza’. Siempre haciendo distinción de color o de origen étnico, pues, hasta eso, hemos evolucionado y ya aceptamos con mejores ojos a nuestros hermanos latinos y sudamericano, siempre y cuando su tez sea más clara que la nuestra…, recibiendo a los argentinos, chilenos, uruguayos, colombianos, guatemaltecos, etc.

Siempre recalcando o exaltando su ser extranjero, todavía recuerdo la primera vez que vi a una pareja afro descendiente en la ciudad (casi hace 18 años), también la forma en la que los adultos de aquel entonces los vieron, unos con asombro, otros como si fueran un espécimen exótico, otros no querían rozar miradas, desde aquel racista hasta aquella persona que se siente incómoda.

Con esto, lo único que quiero decir es que el mexicano no es ajeno al intercambio cultural, por nuestra cultura hemos sido casa de extranjeros que huyen de sus países, de ayuda humanitaria, de un sueño mexicano, una tierra llena de riquezas para los suyos y todos los que quieran mamar de su miles.

El mexicano fue educado para ayudar y ofrecer sus servicios, lo cual no está mal, el problema es el abuso desmedido de nuestras autoridades y de algunos personajes extranjeros que no respetan que llegan como invitados.

Lo que estamos viviendo es un hartazgo, una ira no procesada y un descontento que se ha acumulado con los años, La CDMX fue una de las primeras en estallar no porque estén en la vanguardia de la sociedad, sino por el mismo motivo que generó este problema, el centralismo que ejerce, jalando a todas las empresas y las mejores ‘oportunidades de empleo’ fue como una olla de presión que fue acumulando esta problemática hasta que por fin estalló, siendo que fue la primera de muchas.

Ojo, con esto no quiero incitar a un nacionalismo, xenofobia o discriminación de ningún tipo, porque no todo extranjero es malo o mal educado, hay quienes respetan y se interesan genuinamente sobre nuestra cultura, hogar y cosmovisión. Sino que, lo que se quiere demostrar es que este problema no es algo de la noche para la mañana, tiene que ver con nuestra cultura, educación, formación y quienes nos lideran. Tampoco podemos echar la culpa de todo al extranjero, pues nosotros debemos ser conscientes de que la raíz surge en nuestro propio suelo, antes de culpar al otro, y si ese otro no nos sabe gobernar, es nuestro deber exigir nuestras garantías.

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