De entre todos los casos criminales que han ocurrido en este 2026 que está a unos meses de terminar, el más polémico y aterrador es el de Lindsay Clancy, la enfermera de partos de Massachusetts que mató a sus tres hijos (Cora, de 5 años; Dawson, de 3 años; y Callan, de 8 meses) por estrangulamiento el 24 de enero de 2023. Intentó suicidarse saltando de un segundo piso, pero no lo consiguió. Los hechos cobraron especial relevancia porque este año comenzó su juicio por asesinato, y el jurado no se ha puesto de acuerdo, ya que la defensa argumenta que padecía de psicosis posparto una condición psiquiátrica grave en la que la persona pierde el contacto con la realidad.
Como siempre ocurre cuando se suscitan estos crímenes, hay toda clase de opiniones en redes sociales, la mayoría polarizadas. Una de las más persistentes es el tema de esta columna: creer, erróneamente, que se trata de un problema moderno, producto de las ideologías y la sobresaturación de internet. Nada más lejos de la realidad. Esta clase de crímenes (que oscilan entre lo trágico y lo abominable) tienen, literalmente, siglos ocurriendo.
Uno de los primeros casos de filicidio perpetrado por una mujer en situación post-parto fue el de Esther Lack, ocurrido la madrugada del 22 agosto de 1865 en Southwark, un distrito obrero del sur de Londres. La mujer degolló a sus tres hijos y posteriormente intentó cortarse ella el cuello, pero no lo consiguió.
En aquellos años, la miseria de la Inglaterra Victoriana era brutal. Esther y su familia pasaban sus días en una pobreza extrema, y fue el hambre y la nula atención a su salud mental que la orillaron a esas acciones. Tristemente, así era la situación en el siglo XIX, que escritores como Charles Dickens plasmaron muy bien. Resultó uno de los precedentes históricos más notables en la jurisprudencia británica sobre la ‘locura puerperal’ (‘puerperal insanity’), el término victoriano para referirse a la depresión o psicosis posparto severa, motivo por el cual fue internada el Fisherton House Asylum, un sanatorio psiquiátrico.
Desgraciadamente, ese no fue el único crimen de esa índole ocurrido en la Inglaterra decimonónica.
En 1848, Martha Prior, una mujer de 37 años de edad, parecía estar felizmente casada y esperando a su hijo, cuando asesinó al bebé de tan solo 13 días de nacido cortándole la garganta con una navaja de afeitar. Como ocurre actualmente con Clancy, el juicio estuvo cargado de una enorme polémica, que se hizo mayor cuando el juez la absolvió, quedando en libertad, ya que se tomaron en cuenta su situación mental.
Pero allí no terminan los ejemplos. Otro de los más mencionados durante la Inglaterra Victoriana fue el de Mary Ann Brough. Es te fue quizá el más polémico, pues involucró a la Realeza Británica.
Mary Ann era nodriza (una mujer encargada de cuidar y amamantar bebés) pero no de cualquier casa, sino del Palacio de Buckingham, y tenía a su cargo al Príncipe de Gales, quien habría de convertirse en el futuro rey Eduardo VII. Corría el año 1854, y todo su trabajo parecía rutinario. Sin embargo, Mary ocultaba serios problemas vinculados a su salud mental. Después de trabajar para la Corona, regresó a su vida diaria casada con un hombre llamado George Brough, quien la acusó de adulterio y quiso quitarle a sus hijos. Ella, después de pasar por varios días de insomnio y haber padecido una parálisis cerebrovascular, cortó la garganta de seis de sus siete hijos (de entre 1 y 11 años) y luego intentó suicidarse degollándose a sí misma, pero fue salvada por los médicos. Fue enviada de por vida al manicomio para criminales de Bedlam, causando enorme litigio por sus antecedentes laborales.
Entre la tragedia, la polémica, los hechos y los problemas de salud mental, el caso de Lindsay Clancy sigue en el torbellino mediático. Solamente el tiempo, y la Justicia misma, decidirán el desenlace. Lo único cierto es que el crimen es atemporal.





