Sí, Madre Ana, aunque hace algunos años que pidió permiso para salir de la Compañía de Santa Teresa de Jesús…
Pero para mí, sigue siendo Madre… porque es mi maestra de oración… es mi directora espiritual… porque es mi ejemplo a seguir en cuanto a humildad (que como ella me ha enseñado, es “andar en verdad”), sencillez y amor al prójimo… y por si fuera poco, ¡además es mi amiga!
Madre porque es la que me ha enseñado el camino a seguir para re-encontrarme con Jesús… con Chucho, el guapo, como le dice ella a su imagen que siempre la acompaña, y que nos muestra un Jesús más humano, más cercano; que te mira y se deja mirar, pero con amor; que parece que te quiere decir algo, que te llama a hacer algo, a actuar tu religión, no solo a rezarla…
A la Madre Ana la conocí hace 18 años, cuando yo acababa de cumplir los 40; a nuestra primera hija a sus 13 añitos, la habíamos mandado a estudiar al extranjero y yo estaba en crisis existencial y, hasta posiblemente en una pequeña depresión…
Entonces fui a unas pláticas que dio en el Jassá, y ahí, la encontré: pequeña, delgada, ligera, con su pelo entrecano y sus ojos chispeantes, llenos de vida, aún detrás de los anteojos. Con su acento yucateco tan dulce mezclando palabras mayas que le salen como música. Y una sonrisa que te hace quererla desde el primer instante. Moviendo sus manos como palomas, moviéndose ella con una suavidad y como “actuando” de bulto y de una forma tan tierna y simpática, lo que habla, lo que explica, para que la entendamos bien. Ya desde entonces, con su camiseta de JAS, que significa “Juntos Andamos Señor” su frase para ejemplificar que tomemos a Jesús de la mano, siempre, y que nunca estaremos solos.
La escuché, la vi… me escuchó y me vio, y me sentí aceptada tal como era yo, sin juicios, con amor…
Y la viví tan enamorada de Jesús, que, como si fuera un dulce, hizo que se me antojara, ¡quise probar a ese Cristo que ella tenía, que ella saboreaba como si fuera un manjar!
Y así, fui a todas las pláticas, traté de ir a la de matrimonios, pero Héctor solo “se dejó llevar” por 2 horas; compré su primer libro “A orar se aprende, orando”… y me acerqué un poco a ese nuevo Dios que ella planteaba… un Dios amoroso, cercano, accesible, misericordioso…
Yo ya había conocido a un Dios así, en la Renovación del Espíritu Santo, en el Templo de Santa Teresita, cuando tenía 15 años porque mi mami (quien siempre ha sido un faro en mi fe religiosa) participaba con los “pentecostales”, como les decían. El Jassá y el Lux me enseñaron también a un Dios amable, cercano…
Pero luego, con un fuerte problema familiar que tuve y el que al casarme nos dijeran que era “pecado mortal” usar algún método anticonceptivo, me alejé de la Iglesia, como institución. Y me puse en contacto con el Dios tradicional, el que normalmente nos enseñaban en la infancia: castigador, enojón, exigente, lejano, vengativo, que te “mandaba” enfermedades y castigos, que te contabilizaba las cosas malas y buenas que hacías y al que había que “entregarle cuentas” cada noche, con el examen de conciencia. También creía en los “graves” pecados de omisión y en que no ir a misa los domingos, era otro “pecado mortal”.
Claro que me casé por la Iglesia, bautizamos a nuestras hijas e hicieron su primera comunión, ¡hasta fui catequista del Buen Pastor! Pero vivía un poco de “lejos” la religión; aun sabiendo que ahí, cerca de mí, siempre estaban Jesús y María y que los encontraba, el día que los necesitaba yo, a alguien a quien amaba.
Por eso, mi reencuentro con Jesús, a los 40 años, fue marcado por las pláticas y los cursos de la Madre Ana.
Y así, poco a poco, como sucede con las relaciones importantes, me fui re-enamorando y dejando enamorar de ese Jesús que nos plantea Santa Teresa de Jesús, a través de Ana Cámara.
Recuerdo el primer día que fue a cenar a mi casa, ¡sentí, literalmente, que era Cristo quien iba a ir a visitarme! ¡Era tal mi emoción!
Y atesoro como un ejemplo de “ser instrumentos de Dios” cuando le pedí que si me podía tomar una foto con ella (ya que me estaba yo convirtiendo en su admiradora) y ella, gustosa aceptó, pero dijo, con sus características sencillez y amabilidad: “Cerquita de Chucho, el guapo, porque Él es el importante.” Dejando muy claro, que al que hay que seguir es a Dios… nosotros somos Sus sencillos siervos.
Ana me ha hecho descubrir que soy/somos “hijos muy amados de Dios, en quien/quienes él se complace”… me ha enseñado una forma muy linda y certera de acercarme y de ayudar a los demás a acercarse a él, como Santísima Trinidad y a nuestra madre, la Virgen María.
Ha sido un largo caminar juntas, ya 18 años… porque me hace el honor de venir a darnos talleres y ejercicios espirituales a mí y a un grupo de fans, de Chucho, el guapo, que nos llamamos las “Bartolinas” porque viene a San Bartolo a dárnoslos. Y también, en los 500 años del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, hicimos una excursión guiada por ella, a España, a Ávila donde creció y a los conventos de Carmelitas que fundó… ¡una hermosa experiencia fundante, diría la Madre, porque crea fundaciones en el corazón y en la vida!
¡Gracias, Madre Ana, mi tan querida Madre Ana! Por acercarme al don de dones, al amor de los amores… por hacerme sentir y vivir como “hija muy amada de Dios”; por ayudarme a descubrir a Dios Padre amoroso; al amado Jesús, compañero de camino; a la Ruáh, la Espíritu Santo, parte femenina de Dios, que me ilumina y mueve; y en María, a la Madre que siempre está ahí para consolarnos, apoyarnos…
¡Gracias por ayudarme a encontrar mi Ikigai, mi misión en la vida y acompañarme a realizarla! ¡Gracias por ayudarme a cuestionar, a buscar, a tener juicio propio en la religión, pero también a amar misericordiosamente a todos y caminar en sus zapatos 2 millas para tratar de comprenderlos!
¡Gracias por presentarme y acercarme a Santa Teresa de Jesús, gran maestra de oración, santa amada y amante de Jesús, primera doctora de la Iglesia, creadora de las Carmelitas descalzas, gran escritora del alma!
¡Gracias por enseñarme a tomar a Jesús de la mano tanto en las buenas como en las malas! ¡Y a no soltarlo… JAS!
¡Gracias por hacer más cercano, más corporal y más femenino el camino a Cristo! ¡Gracias por ayudarme a redescubrir el cuarto de hora de oración y que el examen de conciencia consiste en reconocer en qué momento del día he sido más feliz, me he sentido más amada o he dado más amor!
¡Gracias por su sencillez, su madurez, su amor, su compañía, su confianza, su alegría, su gozo y admiración por todo lo que ha creado y nos ha dado Dios! ¡Gracias por buscar y encontrar a Dios en todos, en todos los seres vivos y las cosas, que son sus símbolos!
¡Gracias por ser una de las luces que ilumina mi camino hacia el Creador!
¡Qué Dios la siga llevando entre sus manos, siempre!
Con todo mi cariño y admiración:
Mari Aguado de Cuadra.
