La sociedad contemporánea enfrenta desafíos descomunales producto de la crisis que afecta a dos instituciones fundamentales: la familia y la escuela. La primera debe ser entendida conforme a la realidad cambiante, que caracteriza a nuestro tiempo. Se dirá que el cambio es una constante en el universo, cierto, pero también hay épocas en que los cambios toman dimensiones vertiginosas, es el fenómeno que nos ocupa.

El desarrollo científico es de tal celeridad, que pasa desapercibido para la mayoría de nosotros, que nos complacemos con las comodidades que proporciona la ciencia aplicada, pero no tomamos conciencia que todo cambio en la calidad trae como consecuencia en modificación en la cantidad. Esto afecta al comercio, la industria, los servicios y lo más preocupante, a las instituciones. Estamos de tal manera inmersos en los aconteceres de la vida cotidiana, acicateada por la seducción, que viene con cada producto nuevo, que poco llama la atención lo que ocurre con la familia y la escuela.

La vida social se vuelve cada vez más agitada y queda poco tiempo para la reflexión; de ahí que, una actitud pasiva ante nosotros mismos y ante los acontecimientos sociales, resulta de la carencia de análisis, sobre nuestras vidas y lo que les afecta positiva o negativamente. Volver a tomar conciencia de nuestra dignidad, es un paso que requiere mucho más esfuerzo del que estamos dispuestos a realizar; más aún, no pensamos en el precio que tenemos que pagar, en esfuerzo y dedicación a recuperar, la conciencia de nuestra humanidad.

Educarnos, en la mayoría de los casos es una prioridad sólo para tener reconocimiento o ingresos económicos, no para ser mejores por el cultivo de nuestro espíritu. El valor de lo bueno que subyace cuando una sociedad toma conciencia de sí misma, parece abandonado en el rincón de las cosas inútiles. Si aceptamos lo anterior, lo urgente es buscar entre todos nuestra reeducación. No se trataría de olvidarnos de la ciencia, pues sería suicida; pero sí de evitar el camino que nos lleva inexorablemente a la autodestrucción.

La reeducación implica el compromiso de muchos ciudadanos, conscientes de la autoaniquilación, que nos aleja de nuestra cualidad de humanos e impide ocuparnos de rescatar a la familia y a la escuela, para reencausarlas a evolucionar; a fin de que los valores de verdad, bondad, belleza y justica,  enraizados en la conducta social, puedan dar paz a nuestro atribulado espíritu que se ha colocado tan cerca de la autodestrucción.

Son miles, acaso millones de niños y jóvenes de ambos sexos, sumidos en los pantanos de la insania,  que abonan diariamente a la violencia. El Estado debe asumir la misión de volvernos por el camino de la conciencia. Rescatar de la marginación y el olvido a quienes languidecen frente a nosotros, sin esperanza de que la conmiseración los rescate; debe mover la conciencia de quienes aún la tengan. Preparar líderes capaces de asumir esa magna responsabilidad, es obligación suprema de los partidos políticos y de la educación superior.

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