Era inevitable: más temprano que tarde, la caravana migrante habría de llegar a La Ciudad del Calzado. Por fin lo hicieron la mañana del sábado, alrededor del mediodía. Arribaron al albergue Nueva Candelaria en el Barrio del Coecillo, donde fueron atendidos por las autoridades, para posteriormente tomar una “oruga” que los llevó rumbo a los límites con el Estado de Jalisco.
Los centroamericanos salieron de Irapuato rumbo a León, desplazándose a pie. Esta parte de la caravana estaba conformada por cerca de 50 personas, la mayoría hombres y adultos jóvenes, aunque no podían faltar las mujeres y los niños. Todos se sentaron alrededor del albergue, mientras eran atendidos por personal del DIF, Presidencia Municipal y Protección Civil.
En el suelo de las calles del Coecillo dejaron sus escasas pertenencias. Había una que otra prenda, muchas mochilas y juguetes de peluche. Entraron al albergue, usado generalmente para atender personas sin hogar, con el fin de reposar, bañarse o comer algo. Hugo incluso un médico que les realizaba exámenes de salud, pero no todos accedieron a la revisión, de la misma forma que, aunque las autoridades les dieron la oportunidad de quedarse, ellos prefirieron seguir adelante.
Permanecieron en león durante unas horas, hasta que un camión articulado se detuvo a unas calles del albergue, que los llevó fuera de la ciudad, rumbo a Jalisco.
“SI NO PODEMOS PASAR A EE.UU., NOS QUEDAREMOS AQUÍ”
Lo cierto fue que muchos migrantes decidieron seguir adelante, en pos del sueño americano… aunque algunos reconocieron que, en caso de que las puertas del país de las barras y las estrellas no se les abran, se quedarán en México.
Uno de los más respetados miembros de la caravana es Wilfredo Garay, oriundo del Departamento de Cortés. Se define a sí mismo como “una persona conocedora del bien y él mal, soy serio, y me gusta decir lo que no se debe hacer, por eso muchos toman mi voz como autoridad”.
Wilfredo recuerda que tienen casi 25 días de haber salido. Llegaron el viernes al Estado de Guanajuato, y la gente los ha recibido bien… aunque solo van de paso.
“Nos toman como criminales, y puedo asegurar que todo lo que se oye, empezando lo que dice Trump, es mentira”, señala.
La vida en Honduras es un reto diario, con malos trabajos y mucha miseria. Así de adversa es que muchos prefirieron realizar su éxodo, donde muchos han muerto. Esa es la historia de Wilfredo.
Fernando es otro de los miembros de la caravana. Tiene 18 años y salió de su país y su lugar de residencia, el Departamento de Ocotepeque. Él no viaja con su familia, optó por hacerlo con unos amigos, en busca de una mejor calidad de vida.
Se fue de Honduras por un motivo muy sencillo: hay trabajo en Honduras, sí… pero los sueldos son malos. Tiene 22 días viajando y hasta el momento, lo han tratado de maravilla -según sus propias palabras- aunque ha tenido que soportar otros retos, como las enfermedades el frío y la muerte misma, pues muchos fallecen debido al cansancio o porque se caen del tren en pleno movimiento.
“Es inevitable que pase eso. Como también que nos juzguen, pero no somos todos así, venimos mujeres y niños. Por eso en caso que no pase a Estados Unidos, me quedaré aquí”.
