“El cielo pidió un ángel y ese hermoso ángel fuiste tú…”, son algunas de las palabras que se leen en la lápida que acompaña a la sepultura de Paloma.
Ella es la pequeña de 3 años que murió junto a su padre en manos de sicarios.
A Lupita, su mamá, ni el dolor, ni la espera, ni las amenazas la han hecho perder la cruel batalla.
Ana Nayeli, ‘Lupita’, ama de casa y Ernesto, empleado en una fábrica, buscaban pasar, como de costumbre, otra tarde juntos.
Ernesto recién volvía del trabajo y junto a Palomita se recostaron en la cama; la abrazaron, se disponían a ver una película pero no sabían que tenían los minutos contados, que por una equivocación sería el último momento en que se verían con vida.
AMOR A CONTRARELOJ
Transcurrían las 5:00 de la tarde del 20 de junio del 2017. Bajo el sol ardiente, un grupo de hombres armados -de esos a los que no les importa el dolor humano-, sin anunciarse, entraron al que fuera, durante sus primeros años, el hogar de la pequeña, en la esquina de las calles Feliciano Peña y Venustiano Carranza de la colonia Los Espárragos. Vaciaron las balas de sus armas contra ellos.
La joven pareja estaba a semanas de estrenar la casa que habían obtenido a través de un crédito.
Lupita pocas veces duerme tranquila, come casi siempre por sobrevivir y se llena la cabeza con la añoranza de haber dado la vida por la de su hija.
Pero se vuelve fuerte por Maritza Paloma, quien nació el 5 de junio de 2014. Apenas hace unos días le llevó flores por su cumpleaños al panteón Jardines Eternos, donde hoy descansa.
Los sepultaron juntos el 22 de junio. La lápida lleva inscrita la leyenda “El cielo pidió un ángel y ese hermoso ángel fuiste tú; eres ese rayito de luz que ilumina nuestras vidas desde el cielo, por siempre te amaremos”.
Junto a ésta, una pequeña gaveta guarda para Paloma una muñeca, tras el cristal se asoman un caballo poni de juguete y una fotografía para que no se sienta sola.
El coraje y la rabia le dan fortaleza. “Quiero que se haga justicia con mi caso, con el caso de mi niña”, dice mientras destruye un nudo en su garganta.
Mantiene firmeza en su rostro y suelta apenas unas cuantas lágrimas, las guarda para derramarlas cuando está sola con el amor de su vida y con su pequeña.
Ha atravesado por etapas muy duras que se han intensificado con el proceso de investigación que inició la Procuraduría de Justicia del Estado de Guanajuato y la celebración de las audiencias.
“Me las revocan y me las revocan, yo no le miro ningún seguimiento a esto, yo no le miro ni un futuro”, dice con tono fuerte.
Sin embargo, no se comparan con la recuperación que deja de lado, pero que tuvo por los tres disparos que sufrió en las piernas y en su mano izquierda, mano con la que abrazó a su hija para protegerla de los homicidas.
Una vez herida, la nena cayó al suelo y ahí “la remataron”.
EN EL ABANDONO
No ha recibido apoyo, comparte. “Cómo dicen que el Presidente me dio apoyo desde un principio, yo no recibí apoyo político de absolutamente nadie”, hace referencia al alcalde Juan Antonio Morales Maciel, que vive a unas cuadras en esa misma colonia.
“El Presidente nunca me vino a dar la cara, nunca vino a ver qué era lo que pasaba”, se detiene y da un respiro para decirse agradecida con su familia.
“Siento que si no los hubiera tenido a ellos (papás y hermanos) nadie me hubiera echado la mano, nadie me hubiera sacado adelante… mi propósito, mi futuro era mi hija y fue con lo que terminaron ellos (los asesinos)”.
Un par de horas después del crimen, la madre de Lupita, Andrea Lozano, acompañada de casi un centenar de vecinos, salió en busca del Alcalde para exigirle la atendiera.
“¡Tenemos que verlo por todo lo que me pasó a mí!”, le gritaba al recordarle que se trataba de la niña que semanas antes llevó de la mano en la inauguración del Centro de Desarrollo Comunitario de la zona.
“No tenían por qué asesinarla, porque nosotros somos gente de bien. Mi muchacha (Lupita) estaba rentando ahí, se metieron, la ‘balacearon’ a ella y a su esposo. ¡A mi niña me la mataron! ¿Por qué, Presidente, por qué si usted es de nuestra misma colonia?”, rompía en llanto.
No hay palabra que defina a una mujer que pierde a un nieto, mucho menos a quien se desprende de un hijo.
El Presidente Municipal otorgó el ataúd de la niña, el de su esposo corrió a cargo de la empresa en que laboraba, y los gastos funerarios fueron solventados por la misma familia.
Ha recibido protección por parte de las autoridades estatales a través de la Policía Municipal, y atención psicológica.
“YO NO LOS MANDÉ”
Por no desistir ante la exigencia de justicia, Nayeli Guadalupe recibió una amenaza. “Me miraron que soy muy fuerte a la mejor, fui y los enfrenté.
Tenía prohibido abordar la patrulla que día y noche la custodia; una tarde, a bordo de su motocicleta, volvía con su hermana de visitar a sus familiares, cuando se atravesó el tren y la unidad policial que la resguardaba se quedó atrás.
“Llegué primero y pensé que (algunos hombres) estaban en la tienda comprando. Sin miedo alguno agarré y me estacioné y se me acercaron; me dijeron que por favor dejara las cosas tal y como estaban, que porque a la mejor con mi esposo y con mi hija había sido una equivocación, pero conmigo ya no la iba a ser”.
LA ADORACIÓN DE LOS VECINOS
Ernesto no tenía más relación que con su familia. Todos los días dejaba su casa 15 minutos antes de su hora de entrada al trabajo, y a bordo de su motocicleta volvía 15 minutos después de terminar la jornada. “A donde quiera que salía, salía conmigo, con mi niña”.
Palomita era muy alegre, inteligente y amable, contestaba a toda persona que le saludaba.
“Mi hija era hermosa… pero siento que la gente le hablaba por el carisma que tenía. Fue propuesta para ser reina infantil”, y como ‘papás cuervos’, Ernesto y Lupita se habían sentido inquietos. “La gente adoraba a mi hija”.
SE MANTIENE DE PIE
Audiencia tras audiencia, ante el Poder Judicial del Estado, se relata una y otra vez lo sucedido.
Nayeli Guadalupe supera cada visita que hace al juez, porque “no quiero que estos tipos me miren caer, que me miren vencida”.
La hace fuerte el coraje, reprocha: “El coraje de saber que todavía no los sentencian, el coraje de mirarlos… asisto (a las salas de audiencia) para que vean que todavía estoy ahí”.
EQUIVOCARSE COBRA VIDAS
Según declaró, el 21 de junio del año pasado, el procurador de Justicia, Carlos Zamarripa Aguirre, los homicidas se equivocaron.
Iban por los moradores de la planta alta del inmueble de color verde bandera, a quienes la familia García González no conocía.
Tras un cateo realizado esa misma semana, varios hombres, aparentemente relacionados con el atroz crimen, fueron detenidos por la Agencia de Investigación Criminal de la Procuraduría de Justicia en el Barrio La Piedad.
En el sitio fueron asegurados automóviles, motocicletas, gran cantidad de droga y armamento, aparentemente relacionados con el doble asesinato.
Hasta el momento hay seis personas detenidas por su aparente responsabilidad. Armando y José de Jesús, capturados horas después del hecho.
En julio se detuvo a Roberto Javier, en enero pasado a Eduardo y a mediados de mayo se aprehendió a Modesto.
El sexto de los cómplices arrestado este mes es Mario; juntos enfrentan cargos penales por el doble homicidio calificado cometido contra papá e hija y las lesiones calificadas causadas a Lupita, delitos sancionados por las leyes estatales con cárcel.
La esperanza de Lupita es tener justicia a través de una sentencia. Ningún daño le puede ser reparado, nada le devolverá a su esposo y a su niña.
