
De acuerdo con información del Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Archivo Histórico Municipal, y otros documentos en los que consta en pasado y el presente de la Capital del Calzado, no es la primera vez que se registra un evento de estas magnitudes. Uno de los primeros del siglo XX ocurrió el 10 de septiembre de 1923. Para la suerte de la gente de León, sí pudo ser visto en el municipio.
Pero no siempre los eclipses estuvieron cargados de emoción, expectativa y algarabía. Es de conocimiento público que durante muchos años, en la antigüedad, los eclipses eran vistos como presagios funestos, y avisos del fin del mundo. En México no fue la excepción. El 13 de mayo de 1752 se creyó que era el Día del Juicio Final. Este evento llegó también a la entonces Villa de León.
Pero sin duda, fue en los años noventa cuando aconteció el 11 de julio de 1991. Causando gran expectativa en millones de mexicanos, el eclipse fue visto en su totalidad en León. Durante 7 minutos y 2 segundos el bulevar López Mateos quedó paralizado, y la gente encendió las luces de sus hogares. Muchos salieron a las azoteas, admirados ante un fenómeno que no se disfruta todos los días.
Sobre el impacto de esta clase de eventos, la página de UNAM global apunta en una entrevista a la astrónoma Julieta Fierro:
“Estos eventos astronómicos se forman por una coincidencia extraordinaria de la naturaleza. La Luna, vista desde la Tierra, tiene aparentemente el mismo tamaño del Sol, y de vez en cuando este satélite pasa justo delante de nuestra estrella, lo cubre totalmente y todo se oscurece. Son poco frecuentes porque la sombra de la Luna es “pequeñita” y no todos los países lo pueden ver. Además, duran muy “poquito”, porque los astros parecen del mismo tamaño”.