Cada día, las grandes empresas y la globalización hacen que algunos oficios de antaño se vayan extinguiendo. Uno de ellos es el del tradicional lechero, quien hace algunas décadas solían recorrer las calles de los pueblos ofreciendo el producto que ellos mismos ordeñaban.
Magdaleno Gómez, de setenta años, es uno de estos ejemplos. Cual personaje de Bruno Traven o Juan Rulfo, se levanta a las seis de la mañana a ordeñar sus vacas, para posteriormente llevar la leche en unos contendedores para que los cargue su burrito, llamado “El Pinto”. Vende a 12 pesos el litro de leche.
Hubo un tiempo en el que Magdaleno vendía su producto y lo vendía muy bien, pero con el paso de los años, llegaron las grandes multinacionales de lácteos e hicieron que la bonanza económica y la suerte no le sonrieran tanto. Aun así, él continúa haciendo su trabajo con total entrega y constancia.
CUENTA SU VIDA, SU OFICIO Y SU RUTINA:
“Vivo en el cerro, en Ibarrilla. Tengo seis vacas que ordeño diario. Parte de mi vida me he dedicado a esto. Me levanto a buscar clientes por un lado, y por otro, a darle de comer a mis animales. Lo que vendo es pura leche bronca, desgraciadamente los niños ya no están muy acostumbrados a tomarla… ¡Ahora lo que toman no parece leche, sino más bien pura agua!”
Don Magdaleno recorre colonias como Cañón de la India y La Sardena, montado en su burro. Desgraciadamente, afirma. Cuando le va muy bien, vende diez litros. En un mal día, cuatro. Diario trabajo, incluyendo fines de semana. “Este negocio se está quedando solo. Muchos se acostumbran a las cosas de la ciudad”.
Actualmente, anuncia Don Magdaleno, su oficio representa un reto: “es más difícil vender, porque ya no hay tanto movimiento. La tradición va para abajo. Sucede lo mismo que con la leña, que ya no se vende tanto a causa del gas. Es el progreso. Quienes más la consumen son los adultos”.
Magdaleno sigue su camino, consciente de ser uno de los pocos lecheros de la vieja escuela.
