El 15 de enero de 1964 la sociedad mexicana sería sacudida por uno de los crímenes más horrendos, y hasta entonces desconocidos, de esa época: La trata de mujeres con fines de explotación sexual, seguido de asesinato para las desafortunadas.
Todos los periódicos del país, entre ellos EL HERALDO de León, informaron la escalofriante noticia: en el rancho Loma de San Ángel, en Purísima del Rincón, fueron encontrados alrededor de 150 cuerpos de mujeres, incluidos fetos calcinados y huesos humanos. Las responsables eran unas mujeres que se ganaban la vida prostituyendo muchachas, cuyos nombres haría eco en la nota roja mexicana por siempre: las Poquianchis.
Todo comenzó cuando María de Jesús, Carmen, María Luisa y Delfina, esta última la más inteligente y malvada de todas, decidieron montar un negocio de prostitución. Oriundas de Jalisco, pusieron una cantina en El Salto y contrataron meseras que ofrecían sexoservicio. Su método, hoy considerado un crimen de lesa humanidad, en su momento pasaba como algo normal: iban a rancherías y les prometían a los padres de las jóvenes darles trabajo de sirvientas. Después, cuando las habían alejado lo suficiente, les explicaban cuál sería su verdadero trabajo.
El escritor Jorge Ibargüengoitia narra que todas se ponían a llorar.
Ampliaron su negocio a León y Pueblos del Rincón. Delfina, con el fin de ahorrar, ideó un plan simple pero macabro: matar a las muchachas que ya no le servían. Eran golpeadas con palos con clavos o las dejaban morir de hambre y después de un tiempo quemaban los cuerpos con gasolina.
Una mañana de enero de 1964, la joven Catalina Ortega logró escapar, denunciando todo ante la Procuraduría de Guanajuato. Ese mismo día las autoridades llegan al rancho y encontraron a 12 jovencitas muriéndose de inanición. Las Poquianchis negaron todos los cargos, pero la justicia de la época las condenó a 40 años de prisión, donde murieron la mayoría incluyendo a Delfina, después de que le cayeran 30 kilos de cemento en la cabeza durante una remodelación de celdas.
EL IMPACTO
Las hermanas nunca mataron a una muchacha. Ellas daban la orden y golpeaban, pero quien se encargaba del trabajo sucio era un amante de Delfina, el Capitán Águila Negra, quien también terminó tras las rejas.
Los crímenes de las poquianchis eran, como dicen en las series policiales “tan largos como sus brazos: homicidio calificado, secuestro, asociación delictuosa, lenocinio, violación, lesiones, amenazas, violaciones a leyes de exhumación y trata de personas.
Sobre el tema se han filmado varios documentales y grabado infinidad de podcasts. Jorge Ibargüengoitia convirtió el caso en una maravillosa sátira titulada “Las Muertas” donde les cambia el nombre a Arcángela y Serafina Baladro.
Lamentablemente, el caso no sirvió para hacer cambios sociales respecto a la trata de mujeres, pues aunque México firmó un convenio internacional para su erradicación desde 1956; la prensa de la época no relacionó nunca el tema con la evidente falla que “Las Poquianchis” representaron a esa firma. Y aunque en 2013 el país ratificó el convenio, hasta la fecha está señalado como una de las naciones con las cifras más alarmantes de trata de personas en el mundo, que también involucra a infantes y en el que se acusa, está involucrado el crimen organizado.
