
Sobre este tema, Carlos Álvarez Flores, Ingeniero y Presidente de la Asociación Civil ‘México, comunicación y ambiente’, señala que tiene treinta años discutiendo el tema de las ladrilleras ubicadas en la zona de Ibarrilla, y hasta el día de hoy, no se han tomado medidas.
La situación del aire en la ciudad es muy seria. Álvarez señala que en León, que ha crecido de forma considerable junto con las industrias, los ciudadanos conviven con 60 emisiones, y solo se monitorean 5.
En la ciudad hay grandes concentraciones de ‘P.M. 2.5’ o ‘Material Particulado’, que son partículas muy pequeñas en el aire que tienen un diámetro de 2.5 micrómetros, que se pueden acumular en el sistema respiratorio y causar grandes daños a la salud de las personas, como el aumento de las enfermedades respiratorias y la disminución del funcionamiento pulmonar. Estas las producen las ladrilleras.
Aunado a las ladrilleras, están otros elementos, como las calderas que queman diésel o combustóleos, además de los camiones que, de la misma forma, queman diésel.
Álvarez está consciente de que los ladrilleros son personas vulnerables. Por eso, lo que se tiene que hacer es reubicarlos al kilómetro 40, rumbo a Aguascalientes. “El tema es que el gobierno, estatal y federal, son responsables de la calidad del aire, por lo que se les debe proporcionar 50 hectáreas a los ladrilleros. No pueden omitir sus obligaciones”.
“Incluso -advierte Álvarez- los ladrilleros también se envenenan, respirando dioxinas, furanos y carbono negro”.
“Cerrar las ladrilleras, quiere decir que se tiene que obligar al gobierno a resolver la problemática, ya sea dándoles hornos de gas o llevándolos a un punto donde no se contamine a la ciudadanía leonesa”, aclara el activista.
Para el mes de junio, el abogado ambiental Francisco Javier Camarena Juárez, aliado de Álvarez en la lucha medio ambiental, está preparando un amparo contra las ladrilleras y su constante contaminación.
LA VIDA ENTRE LADRILLOS
Las y los ladrilleros, por su parte, trabajan de manera incansable en la zona de León conocida como Ibarrilla. Su jornada comienza desde las seis de la mañana y suele concluir entre las tres y las cuatro de la tarde.
La jornada consiste en hacer lodo con los pies descalzos, hasta amasar la mezcla. Después, hacen los ladrillos y los dejan secar. Los hornos a su alrededor, que alimentan con madera, despiden constantes llamaradas. Ante la presunta de si se les ha informado sobre una posible reubicación, ninguno de los trabajadores que crean ladrillos tiene una respuesta concreta.
Uno de los muchos ladrilleros es Olegario González, quien tiene 54 años de edad. Desde niño ha trabajado en ese medio. Hubo una época en que se desempeñó en fábricas, pero gana más como ladrillero: hasta 3 mil a la semana.
“El trabajo aquí es muy pesado”, dice Olegario. “En una quema hacemos 15 mil ladrillos. Ya nos acostumbramos a estar aquí, y nunca se llega a nada de si nos reubican a otro lado o si no. Nosotros seguimos en esto, porque así nos hemos acostumbrado, y no crean que es fácil: arriesgamos mucho, desde una cortada o una torcedura a algo mucho peor. No tenemos seguro ni para una pastilla para el dolor”.
Ese es el conflicto de las ladrilleras en León. De activistas con treinta años luchando y gente que trabaja a diario. Un conflicto de lodo, tierra y humo.