
Lo cierto es que las personas que allí trabajan de sol a sol se han acostumbrado a esa labor, y salir adelante nunca ha sido fácil.
Muchos de ellos están trabajando todos los días, ya sea preparando la mezcla, dando forma a los tabiques o subiéndolos a los camiones que posteriormente llevarán a fábricas u otros negocios.
Cuando encienden los hornos, que funcionan con madera, el calor y el humo comienzan a cubrir todas las ladrilleras. Así continúa la labor, hasta el atardecer o el anochecer. Entre el humo y el calor, se dejan secar los tabiques.
Miguel Pérez, quien tiene su negocio de ladrilleras, explica que la situación no es fácil: “Cada vez hay menos ganancias. Entre el agua, el material, la leña, todo nos sale carísimo”. En un camión se llenan 200 tabiques, y entre la mano de obra y el viaje, se gastan más de mil pesos.
Aunado a lo anterior, muchos ladrilleros están acostumbrados a su trabajo, y en el caso de ser reubicados representaría un gasto mayor. Juan Robles, ladrillero de 60 años, que tiene trabajando en su oficio desde los 8, dice: “de las ladrilleras todo mundo comenta, pero pocos ven todo lo que padecemos. Nadie lo ve”.
Diana Suárez, vecina de Ibarrilla, señala que el hedor y la contaminación han sido una problemática habitual en la zona de las ladrilleras.
“Tenemos años con este problema. Entendemos que la gente hace su trabajo, pero nosotros en esta colonia siempre hemos tenido que enfrentar esto”.
Indudablemente, lo de las las ladrilleras es un asunto con muchas aristas.