Durante toda la vida, el juego y los juguetes son compañeros inseparables del ser humano, al inicio, haciendo que su mundo sea comprensible; después, potencializando sus habilidades físicas e intelectuales y, al final, dándole el apoyo que requiere para seguir siendo funcional.

El juego forma parte de la vida de las personas desde que nacen y hasta el final de sus días. En algunas ocasiones se considera que solo las niñas y niños lo hacen, pero esta actividad es incluso desarrollada por adultos mayores; una partida de cartas, dominó, sopa de letras o aquellos que ya descubrieron juegos en su celular, son ejemplos de ello.

De igual forma, es común pensar que el juego es solo diversión, pero en realidad sus implicaciones son mucho mayores, por supuesto que es entretenido, pero también cumple con otras funciones importantes: a través de éste se aprende, se conoce el mundo, se adquieren habilidades motoras, de lenguaje, se desarrolla la personalidad, se socializa y se experimentan emociones.
Tomando en cuenta que es un elemento fundamental para el ser humano y considerando los constantes cambios que hay en la actualidad respecto a la tecnología, el entorno y el acceso a la información —por mencionar ejemplos—, se puede comprender cómo es que el juego y los juguetes han cambiado a la par del ser humano. Ambos son tan importantes para los individuos que tienen la capacidad de ser tan diversos y adaptarse a la edad para la cual están pensados y conforme a la época en que se convierten en una tendencia.

Cuando hablamos de las diferencias en los juegos y juguetes por edad, se puede destacar cómo durante los primeros años de la infancia muchos están diseñados para estimular la percepción a través de luces, sonidos, texturas, colores llamativos y brillantes. Es decir, están adaptados en función a la psicomotricidad que está adquiriendo el infante; son de materiales resistentes a caídas, grandes, de plástico y, en ocasiones, sumergibles para usarlos durante el baño o en un día soleado en la alberca. La interacción es personal porque en esta etapa gran parte del juego es individualizado, en cambio, cuando los niños están en el periodo escolar, se torna grupal, se comparte con amigos y se logran avances en su desarrollo social.

Una ‘cascarita’ de fútbol sólo requiere una pelota, incluso algo que patear: una lata, un bote; dos o tres amigos y entonces se da el sentido de pertenencia. El juego permite aprender reglas, hay que saber hacia dónde correr, lo que puedes y no hacer para no cometer una falta. El niño socializa al hacer equipos y jugar por el mismo objetivo, que es el gol. Ahora que ya es mayor tiene la agilidad para ir corriendo detrás de una pelota y fortalecer su motricidad al tiempo que, al término del partido, aprenderá sobre emociones cuando experimente lo que se siente si su equipo pierde o gana.

En el caso de los jóvenes, los juegos implican una mayor estrategia y la personalidad sale a flote. Eligen videojuegos de acuerdo con sus gustos, mismos que podrían ser de deportes, luchas, acción o misiones. La personalidad impera en la elección y durante el tiempo en que juegan suceden muchos procesos intelectuales; por ejemplo, la toma de decisiones. Tienen que elegir entre hacer la tarea, salir con amigos o continuar con el juego.

Una decisión compleja requiere funciones cognitivas complejas. Mientras los jóvenes juegan frente a una consola, ocurre lo que en psicología se llama ‘funciones ejecutivas’, que consisten en procesos intelectuales de planeación, memoria, atención y control de estímulos. Este último es perceptible cuando el joven, inmerso en su juego, deja de responder a otros estímulos a su alrededor, concentrado en su juego lo demás resulta irrelevante; además, la socialización cambia y se vuelve virtual al compartir partidas con otros jóvenes, extendiendo fronteras al hacer amigos en el extranjero.

Ya en la adultez tardía, las preferencias van más hacia lo clásico y el juego adquiere un mayor valor emocional. Se prefieren juegos grupales sin competencia, el triunfo pasa a segundo plano y lo más importante es convivir. En esta etapa, el juego y los juguetes tienen como principal objetivo el desarrollo de la parte socioemocional, por eso los juegos de mesa en familia son los favoritos, tales como la lotería, de memoria o dígalo con mímica, en donde entre más jugadores, mejor.

Finalmente, el adulto mayor juega a cualquier cosa (bailar, muñecas, carreras, carritos, principalmente) cuando hay niños cerca, pero estando solo es frecuente que elija juegos como el crucigrama, solitario, rompecabezas y sudoku, que cumplen la importante misión de mantener activas las funciones cognitivas que el tiempo y edad van deteriorando.
Así, el rol de los juegos y el juguete, se convierte en esencial a lo largo del desarrollo del individuo, convirtiéndose en un aliado para la estimulación de diversas habilidades conforme a la etapa en que se encuentra la persona.

Ana Marina Reyes Sandoval, Licenciada y doctora en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 2006 ha sido catedrática en diferentes instituciones. Candidata a investigadora del Sistema Nacional de Investigadores de 2015 a 2017. Principales áreas de especialización: metodología de la investigación, estadística aplicada a las ciencias del comportamiento y el desarrollo infantil. Actualmente es académica en la Ibero León, donde coordina la Unidad de Atención en Nutrición y Psicología y es responsable del Programa de Salud Integral Institucional.

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