Mi juguete favorito cuando era niño eran los sets para armar. Mi abuela tenía, entre sus curiosidades, un set de bloques llamado «Tente» con el que se podía armar un barco. Cuando mi madre viajó a Argentina, a su regreso, me trajo un set llamado «Mis ladrillos». Conocí «Mecano» y, posteriormente, «Mega Bloks» y «Nano Blocks». Con todos ellos me divertí, pero, inevitablemente, me topaba con momentos en los que era imposible seguir adelante.
Las piezas no embonaban, o se desgastaban, o no mantenían la estructura, o no se veían como el instructivo señalaba que debían verse. Para un niño aquejado por obsesiones —como lo era yo— esta situación conducía, inevitablemente, a la frustración. Es probable que una importante lección de vida se encontrara escondida tras la imperfección de estos juguetes, pero, desafortunadamente me topé con «Lego».
Y no me están pagando por hacer promoción; apelo a la experiencia. Cualquiera que haya tomado un bloque de Lego en sus manos, que lo haya ensamblado junto a otros bloques, y que haya comprobado su durabilidad a través del tiempo, coincidirá conmigo. Se trata de otro tipo de juguete. Hay en cada bloque un cuidado por los materiales, la geometría, las medidas y los acabados que no es usual, y que sólo puede ser producido por una persona —y, eventualmente, una compañía— apasionada.
Si buscan en YouTube la historia de Lego, encontrarán la historia de Ole Kirk Christiansen, el carpintero que decidió hacer juguetes movido por el lema «Solo lo mejor es suficientemente bueno». Es la historia de un deseo que no cedió ante la adversidad que le plantearon incendios y escenarios económicos desfavorables. Al ver la historia, todo se hace evidente: si esos bloques encastran de manera perfecta es porque alguien puso todos sus recursos mentales, físicos y económicos para que así fuera.
Ahora, ¿por qué es para mí importante hablar aquí de Lego? En una sola frase, porque la pasión se contagia. Porque ante la crisis que atraviesa el sistema educativo a nivel mundial, con la pérdida de autoridad de los maestros y la complicidad de padres e hijos, lo que no podemos olvidar es que lo que se requiere para transmitir conocimientos no es información, sino pasión.
Sigmund Freud describió, siguiendo a los griegos, tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. Al decir que eran imposibles, se refería a que, en su núcleo ostentan la imposibilidad de la transmisión. Por un lado, hay una imposibilidad relacionada con el saber. Ni el educador, ni el gobernante, ni el psicoanalista lo saben todo ni lo pueden saber todo.
Por otro lado, y como si eso no fuera suficiente complicación, siempre hay fallas entre lo que se pretende decir, lo que efectivamente se dice y, por si fuera poco, lo que se escucha. El que gobierna, el que educa, y el que psicoanaliza, mantienen una permanente y penosa relación con la frustración. Sobre todo, cuando se engañan creyendo que lo pueden saber todo y que ese todo puede ser transmitido.
A esos conflictos, se ha unido lo que ya hemos mencionado: los maestros han sido desposeídos de toda forma de autoridad. ¿Cómo, entonces, pueden transmitir algo si no lo pueden saber todo, no lo pueden transmitir y ya nadie los respeta? Recordemos que la labor de educar es, no sólo introducir al estudiante en el mundo de la cultura y el conocimiento humano, sino también sustraerlo de la —tantas veces patológica— vida familiar.
Y no porque las familias sean malas, sino porque sus límites son muy estrechos. Lo que la educación permite es salir del conocimiento limitado y dogmático de la familia, al universo inconmensurable de posibilidades de lo humano. Por eso debemos insistir en su papel fundamental y rescatar los caminos que lleven a abrir posibilidades para la educación. Es en ese sentido en que hablamos de la pasión. Porque sólo un maestro que transmite con pasión, puede cambiar una vida que, desde lo familiar, estaba destinada a padecer.
La pasión que Ole Kirk Christiansen puso a sus juguetes perdura hoy no sólo en Lego sino en el corazón de aquellos que han sido inspirados por la calidad y diseño de la marca. Así como ese, hay muchos otros ejemplos. El arte, por ejemplo, no se podría entender sin la pasión y, no tendría el impacto que tiene sobre nosotros sin ella. Hace poco leí el siguiente fragmento, extraído de una carta de Gabriel García Márquez a Carlos Fuentes sobre su novela «Cien años de soledad». No podría imaginarme que una obra tan trascendental se hubiera podido escribir de otra manera:
«Todo esto, por supuesto, con el problema de siempre: al darle a la novela la prioridad que merece, descuido el pan de cada día, y aquí estamos otra vez viviendo de milagro, mientras los productos revientan el teléfono para que les escriba chorros, lo peor es que ya nada me sabe a nada, sólo la novela, y no soy capaz de escribir una letra que no sea para ella».
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