Cada día que pasa me siento más confundido. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía reveló el dato del crecimiento económico de México para el segundo trimestre de este año: nulo crecimiento.
Esto puede ser una noticia medianamente buena, teniendo en cuenta el decrecimiento de la economía durante el primer trimestre. Sin embargo no son buenas noticias; y, al parecer, al presidente López Obrador este dato le tiene sin cuidado. Insiste en que la economía va bien y sostiene que México crecerá un 2 por ciento a finales de 2019.
Inclusive se ha aventurado a reiterar que sí le interesa el crecimiento económico, pero que más le interesa el desarrollo. Al final, una no puede ir sin la otra.
El crecimiento no puede provenir del gobierno. Por muchos recursos que el gobierno federal pudiera inyectar en estrategias para reactivar la economía, poco es en realidad el efecto que esto podría tener. El crecimiento viene de las empresas. La finalidad de una empresa es producir bienes y servicios, para venderlos en el mercado, a cambio de una suma de dinero. Si esta suma es superior a los costos de producción, se genera una utilidad.
Como engranajes del funcionamiento de las empresas, se encuentran los empleados, quienes cambian su trabajo por una remuneración. Si la remuneración es suficiente, los empleados, en su papel de consumidores, comprarán bienes y servicios de las empresas. Bajo un escenario de demanda creciente, las empresas reinvertirán sus utilidades para producir más bienes y servicios, generando con ello mayor empleo.
Es tan importante el papel que juegan las empresas en la economía, que el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, enfatizó la relevancia de los empresarios durante su participación en un foro organizado por el banco Banorte. Sus palabras fueron contundentes: “Si ustedes por alguna razón disminuyen su nivel de inversión, tienen dudas del modelo de la inversión de la economía, nosotros no tenemos la fuerza para compensar una disminución de ustedes”.
Y recalcó que, el papel del Estado, consiste en asegurar que se den las condiciones macroeconómicas, para garantizar un estado de derecho, y certeza económica, para dar confianza a los inversionistas privados. Dudo que este mensaje haya dejado muy contento al jefe del Ejecutivo.
Sin duda esta debería ser la ruta correcta para generar crecimiento económico y, por ende, un mayor desarrollo para todos los mexicanos. El problema es que, las empresas, son percibidas por muchos, como entidades que explotan a su personal, buscando beneficiar al máximo a sus accionistas. Esto crea una brecha entre los que más generan y los que menos perciben.
Si bien hay muchos empresarios que han dado mala fama a los negocios, la mayoría seguramente trabaja buscando crear un círculo virtuoso, para generar valor a todos los grupos de interés relacionados con el negocio. Y es que las empresas son fuente de ingresos virtualmente ilimitados, son generadores de innovación y pueden, en última instancia, ayudar a resolver los problemas que nos aquejan.
Pero qué lejos estamos de esta visión. El discurso que escuchamos todos los días, por parte del gobierno federal, es que el Estado debe ser responsable de garantizar el bienestar y el desarrollo de los mexicanos. Y hemos escuchado, hasta el cansancio, como el presidente reprueba al “poder económico” y juzga negativamente a los empresarios en general – aunque cuando está en foros con empresarios insiste en lo contrario – porque ellos han sido fuente de la corrupción que ha corroído al país. Las estadísticas no mienten. Los números son fríos y objetivos.
México no está avanzando conforme a su potencial. Esto es innegable. Mientras no se emprendan acciones para crear más y mejores empresas, no habrá crecimiento y, con toda seguridad, tampoco habrá desarrollo.
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