Hacienda de Ocotepec, Ciudad de México.
Agosto de 1842.
El aroma a parafina quemada inundaba la habitación, los doctores fueron muy duros con la señora Vicario. Era una mujer extraña, incluso su muerte tenía una curiosidad, nació en la Nueva España y murió en México, el mismo lugar con distinto nombre, el cuál ella contribuyó a cambiar.
Mi señora Leona Vicario, yo llegué a trabajar aquí, en su hacienda de San Francisco Ocotepec, cuando la guerra ya había terminado, fue cuando conocí su historia.
Cuando era aún una niña, 17 años creo, sus padres se le fueron al cielo. Fue un golpe tremendo para una jovencita, y sin embargo, se sabía rica, heredera de la fortuna familiar. Pero ella no era una dama que saludara con dinero en mano, a ella le reconocían por su amor por la historia, y aunque a muchos hombres les molestara, ¡ja!, la señora Vicario se metía en política como cualquier varón. Porque fue educada con lo mejor, por orden de su padre, que en gloria esté.
Los doctores salieron de la habitación, mi señora se quedó en compañía de su familia. Genoveva, Soledad y Dolores, las hijas del matrimonio Quintana Roo Vicario. Ay, don Andrés Quintana Roo, me parecía un fantasma al verlo, como amaba a la señora, no soltaba ni una lagrima, ni si quiera se atrevía a abandonar la habitación que apestaba a parafina, medicamento, y Dios me perdone, hasta a muerte.
Andrés y Leona se conocieron antes de que el cura de Dolores empezara la rebelión, fue un amor juvenil que fue interrumpido cuando don Andrés se fue para unirse al general Morelos y seguir la lucha. Mi señora vio partir a su futuro marido y ella, como mujer fuerte que era, se unió a la causa de la Independencia, eso sí, por convicción propia, nadie le convenció de nada, ella sentía que era el camino correcto y se encargó de convencer a muchos de pensar como ella. Así que si muchos se unieron a la lucha, fue por mi señora Vicario.
Desde que iniciase la lucha se puso al servicio de la patria, recibía cartas de los altos jefes de la rebelión, donde explicaban la situación en los campos y cuarteles, ella ya se encargaba de enviarles, dinero, ropas, información y hasta armas. Era una labor de mucho riesgo, eso no le importaba, porque creía verdaderamente en la causa. Fue una tarde, en 1813, cuando paseaba por las calles de la ciudad, en que una mujer le detuvo y le susurró muy quedo al oído –te van a arrestar, ya saben que eres rebelde- mi señora se supo en peligro y se escondió por un tiempo pero fu detenida y encerrada en el Colegio de Belén.
Pretendieron que encerrándola y con oraciones, se le iba a escapar el ánimo rebelde pero no fue así. Ella podría estar presa pero aun creía en la causa. Después de cuarenta y dos días de reclusión, la fortuna volvió a sonreírle.
La señora Vicario estaba rezando en su habitación, mientras era vigilada por dos matronas que tenían la tarea de no separarse de su lado. Se escucharon unos pasos apresurados que llegaron hasta su puerta, ésta se abrió con violencia, dos hombres entraron apuntando sus pistolas a las monjas del colegio .Leona Vicario, ¿es usted?- preguntó el líder del asalto, la primer monja negó con la cabeza y al dar con mi señora, le sujetaron del brazo, llevándola fuera del colegio.
Unas horas después ya estaban escondidos, supo entonces que sus libertadores eran insurgentes, agradecidos por sus acciones y que no podían imaginar el dejarle recluida a su suerte. El plan de rescate ya estaba en curso pero siendo una mujer tan conocida, no podían sacarla de la ciudad, además, las salidas de ya se encontraban en sobre aviso de su escape ¿Qué hacer?
Continuará…
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