
El 26 de octubre de 1817 Francisco Javier Mina, cansado y abatido por su vencimiento, llegó al rancho de El Venadito, distante 8 leguas de Silao. Era dueño de ese rancho don Mariano Herrera, caballeroso hacendado mexicano de ideas liberales que habiendo conocido a Mina y simpatizado con él le había ofrecido alojamiento en aquella propiedad suya. Por sus simpatías don Mariano se vio en problemas: Iturbide lo hizo aprehender, y poniéndolo en el paredón le dijo que lo ejecutaría si no le pagaba un rescate cuantioso. Lo pagó don Mariano, y así escapó de morir.
Una cena sustanciosa hizo servir don Mariano a Mina y a sus oficiales. El convivio alivió la tristeza del joven guerrillero, y por unos momentos volvió a ser el alegre muchacho que siempre había sido. Hubo música, y animado por la festiva ocasión Mina dio unos pasos de baile e hizo que sus oficiales bailaran también. Don Carlos María de Bustamante escribe: «Presidió (la cena) el gusto y la confianza de la dulce amistad; y tanto, que Mina con los suyos, haciendo por unos momentos a un lado los cuidados que oprimían su corazón, walsó con sus compañeros…». Eso de «walsó» significa que bailó el vals.
Después se fueron a dormir. Don Pedro Moreno, que por la tarde había llegado también a El Venadito, se fue igualmente a descansar.
Confiados, pues creían que Orrantia se hallaba lejos, quizá en Irapuato, desensillaron los caballos y apenas sí tomaron la precaución de dejar apostados unos cuantos centinelas, algunos de los cuales, vencidos también por la fatiga, se recostaron a dormir. Se hizo el silencio en El Venadito. Dormían todos profundamente, por primera vez desde hacía muchísimas jornadas.
Pero Orrantia no estaba lejos. Sus espías habían ido a avisarle que Mina se había metido en El Venadito como en una trampa. Un cura partidario de los realistas se topó con la partida del navarro al ir a decir misa en un rancho cercano. Con el pretexto de ofrecerle sus respetos se presentó ante él, y así se enteró de que iba con rumbo a El Venadito. Mandó aquel cura noticias de su hallazgo, y la información llegó con oportunidad a Orrantia. Con la certidumbre de que ya tenía a Mina al alcance de su mano se dirigió a marchas forzadas hacia el rancho sin dar descanso alguno a sus soldados. A las 7 de la mañana estuvo en el caserío, que se veía tranquilo y sin vigilancia. Se acercó sigilosamente Orrantia y rodeó el lugar con la fuerza de 500 jinetes que llevaba.
El primero en sentirlo fue don Pedro Moreno, que dormía en una troje a la orilla del rancho. Es dramático el relato que don Mariano Azuela, el autor de «Los de Abajo» hace de esos trágicos momentos en la biografía que escribió del héroe. He aquí su narración:
«… Don Pedro despertó de un salto. No tuvo tiempo más que para coger su espada. Sin uniforme, sombrero ni botas se echó fuera.
-Estamos cogidos, Mauricio.
Se vuelve de todos lados y repara en la cañada que se abre a espaldas de la troje y se le ofrece como un refugio. Corren y dan con una covacha, donde luego se ocultan.
-¿No sería bueno ir por los caballos que ahí no más dejé persogados?
-Anda…
Pasa un minuto. Pasan cinco. Luego se oye el rumor de gente que se acerca. Don Pedro retrocede entre dos rocas, de donde puede observar sin ser visto. Son realistas, y vienen en línea recta.
Por su mente pasa ahora su vida entera con velocidad de vértigo. Gentes y cosas; imágenes de los vivos y de los muertos entreveradas y confundidas; una mirada, un gesto, una sonrisa, el rasgo perpetuo en la memoria, contra el que nada pueden ni el tiempo ni la distancia. Y el huracán desencadenado de los últimos años con sus fugaces alegrías y sus penalidades de siglos: llanto, sangre, desolación.
Ya se acercan, y ahora reconoce a Mauricio, su asistente, con cara desencajada y ojos como de muerto, señalando con su temblorosa voz el escondite.
Sobre la miseria y bancarrota de las cosas, el espíritu soberano realiza íntegra su tragedia. Comprende que llegó la hora y da dos pasos al frente. Los que ambicionaron la gloria de cogerlo vivo se encuentran con una hoja de acero resplandeciente al sol que comienza a dorar las peñas.
Todo fue como un relámpago: una nube roja que le fulgura los ojos, que es ocaso y es aurora…».



