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La lotería fatal

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No cabe duda que, en algún momento de nuestras vidas, todos hemos soñado con ganarnos el premio mayor de la lotería. El que de un segundo para otro lleguen a nuestra cuenta bancaria millones de pesos (o dólares) es una fantasía que proyectamos en nuestra mente con alegría, aunque luego tengamos que volver a la dura realidad.
¿Podría ser que ganar la lotería implicase una pesadilla, un infierno en vida y el deseo de devolver el dinero, optando mejor por una vida tanto común como corriente? Por desgracia, ha habido casos en los que la respuesta es un total ‘sí’, y de los que hablaremos esta semana.
La ambición y el delito no distingue nacionalidad, grado académico, género o nivel socioeconómico. Uno de los casos más trágicos vinculados a la lotería ocurrió en Australia, en 1960, cuando un hombre llamado Basil Thorne ganara 100.000 libras en una lotería estatal. Lo que parecía una historia feliz, se volvió de género ‘noir’, cuando su hijo Graeme, de ocho años de edad, fue secuestrado. Aunque se capturó al responsable, Stephen Leslie Bradley, el niño se encontró muerto, atado a un árbol. En su momento, fue el primer caso de secuestro en aquel país.

EL PEOR PREMIO
Un caso que parece tomado de una película de Guy Ritchie o una novela de Paco Ignacio Taibo II, fue el de Tonda Dickerson, ocurrido el 7 de marzo de 1999.
Tonda vivía en Alabama, se había divorciado y trabajaba como mesera. Un día, un cliente le dijo que no tenía propina que darle, por lo que le obsequió un billete de lotería.
“Si te ganas el premio, me regalas una camioneta”, le dijo en tono causal. Sin más, la mujer guardó el papel y siguió trabajando.
Tres días después se quedó anonadada al ver las noticias, pues había ganado el premio mayor. Ahora tenía 10 millones de dólares en su poder (más de 180 millones de pesos mexicanos) y su calvario apenas empezaba.
Sus compañeros le interpusieron una demanda, pues es común que los meseros se repartan las propinas del día. Por otro lado, Edward Seward, el cliente que le obsequió el boleto, le exigió la camioneta y también la llevó a juicio. Para su suerte, el juez desestimó las demandas, pues todo había sido un mero acuerdo verbal. Pero a Tonda le faltaba mucho por recorrer.
Cuando la mujer creó una empresa familiar para administrar la inmensa suma, se topó con el Internal Revenue Service (ISR, es decir, el SAT de Estados Unidos) y la llevó a otro intrincado juicio en el que alegó que su fuente de ingresos era un regalo, pero hubo una serie de enredos legales de por medio. Parte de esta historia apareció en muchos medios de Norteamérica, desde la revista de economía Forbes, hasta las noticias de sucesos policiacos.
Cuando todo parecía volver a la normalidad, un día se encontró con su ex esposo, Stacy Martin, quien le apuntó con una pistola y le dijo que la iba a secuestrar.
El ex marido la llevó en coche a un embarcadero ubicado en el condado de Jackson, ubicado al norte de Alabama, e intentó retenerla con una calibre .22, pero la mujer, que conocía muy bien a Martin, logró someterlo y quitarle el arma, para después dispararle. Como era de esperarse, no enfrentó ningún cargo al ser un acto en defensa propia.
Un boleto de lotería trajo secuestros, balazos, demandas y enemigos gratuitos. Hasta el día de hoy (y por obvias razones) Tonda Dickerson ha preferido mantenerse alejada de los medios de comunicación. Lo cierto es que, para su suerte, pudo conservar buena parte del dinero y repartirlo con sus familiares.
Después de conocer casos como el del pequeño Thorne y su padre y el de Dickerson, cualquiera reflexiona si ganar el premio mayor es una bendición, o una condena.
En una ocasión, el escritor José Agustín dijo que José Alfredo Jiménez era, con perdón de Octavio Paz, el mejor poeta de México. Bien dijo une vez El Hijo del Pueblo que “[…] dinero maldito que nada vale, aunque me miren sonriendo, la pena que traigo ni Dios la sabe”.

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