
El béisbol es uno de los deportes más importantes del mundo y por mucho, el favorito de Estados Unidos. En su diamante, con sus jugadores, sus bats y sus pelotas, se han contado millones de historias a lo largo del tiempo. La que recordaremos hoy tiene que ver con un equipo muy particular, pues estuvo conformado por asesinos, ladrones con muchísimos antecedentes y condenados a muerte.
Corría el año 1911 en el pequeño poblado de Rawlins, Wyoming, y como muchos condados de Estados Unidos, el béisbol era una parte fundamental de sus vidas. Los ciudadanos veían jugar en el campo a los equipos locales, pero había uno muy especial, que reunía multitudes enteras debido a su origen: se llamaba ‘Estrellas de la Penitenciaría Estatal de Wyoming’.
Por ejemplo: Joseph Seng, uno de los jugadores estrella, era un hombre que había asesinado al marido de su esposa a sangre fría. El lanzador Thomas Cameron era un condenado a muerte, y el capitán George Saban puso una emboscada a tres pastores con el fin de matarlos y robarles. Pese a sus infames acciones, en el campo era insuperables.
Tenaces, dedicados e invencibles. No había equipo que se les opusiera e incluso, se les acercara.
El motivo era simple: debido a un acuerdo con las autoridades estatales, si ganaban partidos se les aplazaba su condena de muerte y quienes no la tenían, le reducían años a su sentencia. Como si se tratara de una versión real de ‘El escuadrón suicida’, ellos, literalmente, se jugaban la vida.
Los internos salían de la cárcel, se les llevaba al campo y volvían, ante la más estricta vigilancia. Incluso se tomaban fotos con la gente. Durante la temporada en que jugó el equipo de la Penitenciaría Estatal de Wyoming, que constó de cuatro partidos, no perdieron ni uno solo y obtuvieron puntajes altísimos. Para la gente que los veía se trataba de un divertido evento, con el que se aligeraban las tardes o los fines de semana, pero para quienes se encontraban en el diamante, era una cuestión de vida o muerte.
EL FIN DEL PARTIDO
Es aquí cuando entra en escena Felix Alston, quien había sido policía de joven y en 1911 se convirtió en director de la penitenciaría. Era un tipo estricto quien les decía al equipo que no iba a tolerar errores en el campo y forjó una amistad con el capitán.
Por supuesto, la corrupción tuvo un importante papel en esta historia: George Saban, con permiso de Alston, salía de la cárcel e iba a bares del pueblo a organizar apuestas. Como la gente sabía que los jugadores debían ganar a la fuerza, aceptaban arriesgar altas sumas de dinero. A Saban le tocaba una comisión del 20% que le entregarán si salía de las rejas.
Era un negocio ilícito en el que todos ganaban… el problema para Alston llegó cuando altos funcionarios del pueblo y el estado comenzaron a apostar, y llegó a oídos de Joseph M.
Carey, gobernador de aquel entonces en el estado de Wyoming. Se presume que fue por ese motivo que el equipo, popularmente conocido como ‘Las estrellas del corredor de la muerte’ fue disuelto y las actividades para los internos se convirtieron en clases de regularización.
Finalmente, muchos de los integrantes de este inusual equipo pasaron el resto de sus días en la cárcel. George Seng fue ejecutado en mayo de 1912. En su momento, muchas secciones deportivas de los diarios publicaban crónicas de las Estrellas del Corredor de la Muerte, pero con el paso del tiempo la historia quedó en el olvido.
Llama la atención cómo es posible que hasta el momento no se ha filmado una película o una serie sobre esta historia, ya que tiene todo para ser un éxito. Lo cierto es que sí hay un libro que documenta todo a detalle, titulado ‘Death row all stars: a story of baseball, corruption and murder’ o en español: ‘Las estrellas del corredor de la muerte: una historia de béisbol, corrupción y asesinato’ de Chriss Enss y Howard Kazanjian.