Un hombre viejo camina por Emiliano Zapata, y cuando alcanza el cruce con Calzada San Miguel, no puede más con el peso del sol en su espalda que se encorva como un atardecer. Pero no se detiene. Cruza la calle hasta el centro de la glorieta para sentir el abrazo de la sombra de la estatua de metal. Es un hombre gigante, con un libro bajo el brazo.
El hombre viejo toma aire y siente el sobrevuelo de una paloma como un símbolo. Se pone de nuevo en pie y parece que la corva ha desaparecido. Si no fuera porque nadie lo observa, cualquiera pensaría que es el mismo hombre gigante representado en la estatua. De entre su saco, aparecen unas rosas incendiadas que coloca a los pies del gigante.
Parece un rezo, pero es una plegaria de agradecimiento lo que se libera de su alma, sin palabras, con la mano en el corazón. Es una conversación profunda, silenciosa, espiritual. Gracias. Gracias. Gracias, se leen sus labios. El hombre vuelve sus pasos por donde venía. Con la discreción del aire, desaparece de nuevo.
Pudo ser un viejo amigo, un antiguo compañero, colega. No. Fue su alumno, piensa doña Lencha mientras barre la banqueta. Don Jesús Mayagoitia Jaime nos cambió la vida a varias generaciones de hombres y mujeres. Su historia está viva. Apenas se ha ido y mucha gente que lo conoció aún vive. Todos saben de la glorieta en honor al Maestro. Pero hay que hacer labor para que nadie olvide al hombre que vivió, que transformó la educación local, que empujó a San Francisco a la grandeza.
Siempre un buen estudiante que llegó hasta la preparatoria; un camino difícil en tiempos en que la escuela era un lujo o una visión, como en su caso.
Así, con la prepa terminada, fue llamado a trabajar en la Dirección de Educación del Estado como empleado administrativo. Muy joven, desempeñó con eficiencia su labor y se llenó de elogios por el titular de la dependencia; un honor difícil de conseguir pero totalmente apreciado en aquellas épocas.
PRIMERAS EXPERIENCIAS
El joven Jesús conocía a todos los visitantes a esta oficina y muchas veces, a pesar de su edad, era confundido con un maestro. Un día particular marcó su vida para siempre; una maestra que conocía su capacidad y aptitudes le pidió hacerse cargo provisionalmente de un grupo de alumnos en una de las escuelas primarias de aquella ciudad, en tanto regresaba la maestra que padecía de una enfermedad.
Ahí, parado frente a los pequeños, el joven Mayagoitia tuvo la revelación de lo que sería su verdadera vocación. Maestro. Con todas sus letras. Con todo su peso.
La vida lo llevó a dar clases en Jalisco en la escuela Artículo 123 y luego en Guanajuato capital, en la Escuela Tipo.
Y aunque no lo sabía, otro suceso lo marcaría para comenzar la historia de grandeza que le esperaba escribir. Es en esos salones donde Mayagoitia, incansable estudioso, pone en práctica las metodologías vanguardistas que había descubierto durante los últimos años en los libros. Se notaba su iniciativa y creatividad. Enseñar haciendo. Una avanzada técnica de aprendizaje que sólo se escuchaba de manera experimental; aún hoy. Puso en práctica metodologías funcionalistas, totalmente contrapuestas al tradicionalismo y la aridez de la enseñanza de aquellos tiempos de “la letra con sangre entra”.
También en Guanajuato terminó sus estudios de maestro normalista y era feliz. Pero evidentemente no era ése su destino.
Un día fue visitado por una misión chilena de maestros que venía de observar varias instituciones educativas. El salón de clases de Mayagoitia, lleno de periódicos murales y espacios alternativos de expresión, con contenidos evidentemente realizados en equipo y en libertad, era un espacio de alumnos sonrientes y relajados. Más bien parecía que conversaban a que tomaban clase como era común.
RESULTADOS EVIDENTES
Eran evidentes los resultados de una buena labor docente. Aquellos sudamericanos fueron responsables de que Mayagoitia dejara las aulas de la capital, para ser promovido para que su labor impactara a otros maestros y pudiera crecer un movimiento. Hoy sabemos, eran visionarios.
Jesús Mayagoitia fue trasladado al estado de Michoacán para que se hiciera cargo de un internado muy importante, y a nadie le cabe duda que su corazón transformó la vida de muchos jóvenes internos, con historias de vida más complicadas que los muchachos de Guanajuato. Los resultados de su trabajo llegaron hasta los oídos del propio general Lázaro Cárdenas, que lo designó de inmediato supervisor escolar.
En aquellos años, los supervisores escolares trabajaban zonas verdaderamente extensas y sus iguales eran hombres sabios, muchos de edad avanzada, verdaderas autoridades en literatura, música, pedagogía y cultura general. El joven Mayagoitia “se adaptó con dignidad”, cuenta su biografía, pero sin duda, su atención estaba en el Hacer.
Su regreso a Guanajuato se dio por Pénjamo, donde se reconoce su huella en la organización, en la importancia tatuada en los maestros de su contexto social, pero especialmente porque expuso su vida en varias ocasiones en defensa de sus maestros frente a algunas personas enardecidas. Sus compañeros lo amaban.
Más tarde llegó, sólo de paso, a León, como acercándose a su trascendental destino: San Francisco del Rincón. Era el año de 1951.
Transformó la educación en los pueblos del Rincón
“Venía colmado de fervor magisterial”, dicen sus biógrafos. Llegaba maduro y pleno de sus facultades. Su espíritu encontró aquí, en todas las comunidades, el campo propicio para consumar definitivamente su aportación.
Primero, en el campo, transformó por completo los edificios que albergaban los salones; viejos y cuarteados locales de adobe, con daños estructurales, eran la constante en todas las rancherías. Pronto se convirtieron en planteles bien acondicionados, consistentes, alegres y amplios; nuevos espacios llenos de nuevos aires para recibir nuevas maneras de educar.
Pero también eran los modos de Mayagoitia, porque en lugar de encontrar resistencia en lo campesinos, encontró manos para levantarlos, autoridades, maestros, padres de familia que ponían cuerpo y espíritu a las labores constructivas. Nuevas escuelas. Una tarea que ha dejado de plano de hacerse, y menos de esta manera.
Luego, en la ciudad. En el barrio de San Antonio se construyó la Miguel Hidalgo; en el de San Miguel la Niños Héroes; en el centro la Carlos A. Carrillo y se amplió la Lic. Benito Juárez; en Purísima de Bustos la nueva escuela Manuel Doblado. Florecían planteles de sus manos.
NUEVOS BRÍOS
El profesor Mayagoitia, ya un hombre maduro, cosechaba los frutos de su formación y transformaba vidas apenas apuntaba su vista a un nuevo objetivo. Pero no dejaba de dar clases. Fue catedrático de varias generaciones en la escuela Secundaria del Estado; intervino en todo lo que estuvo en sus manos para que se autorizara también la construcción de la Escuela Técnica Industrial 194.
En las entrañas de Mayagoitia estaban ya arraigados los pueblos de San Francisco y Purísima. De aquí era su compañera de vida y aquí también nacieron todos sus hijos.
Íntegro en las causas del magisterio. Amigo verdadero, de esos del alma. Rindió culto al compañerismo como en el aula, en la práctica verdadera. Hoy, hombre ilustre de San Francisco y Purísima por la magnitud y trascendencia de su labor, permanece su obra.
Don Jesús dejó el plano físico el 5 de marzo de 1975, parado en el aula. De pie, como los árboles. La muerte lo sorprendió con los dedos pintados de tiza y con un libro bajo el brazo.
El viento acaricia su estatua metálica que lo simboliza como un gigante. Levanta los pétalos de las rosas depositadas a sus pies y como el canto de agradecimiento de aquel hombre, su alumno, los lleva a todos lados. Uno de ellos cae a los pies de doña Lencha que barre y barre la banqueta. Se le queda mirando, lo levanta y lo acerca su corazón. Gracias. Gracias. Gracias, se lee en sus labios.
