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Héctor Fuentes, una vida dedicada al golf leonés

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Hay personas cuyo legado no se mide en los campeonatos que ganan o los récords que consiguen, sino en las vidas que transforman. Ese es el caso de Héctor Fuentes, un hombre que lleva más de 60 años entregado al golf y que, desde la discreción, se convirtió en uno de los principales pilares de este deporte en León.

Su historia comenzó a los nueve años, cuando vio la película Devoción invencible (1951), basada en la vida del legendario Ben Hogan. Aquella cinta despertó en él una pasión inquebrantable. Sin palos propios, entrenadores ni un campo donde practicar, Héctor acompañaba a su hermano mayor, quien trabajaba como caddie. Mientras cargaba las bolsas de los jugadores, observaba atentamente cada golpe y aprendía en silencio. Al terminar la jornada, improvisaba sus propias prácticas enterrando latas en el suelo a manera de hoyos y golpeando una pelota durante horas con un solo fierro. «Desde niño estaba convencido de que iba a vivir del golf», recuerda. Y así fue.

Su primera gran oportunidad llegó a los 18 años cuando fue invitado a disputar el Abierto Mexicano. Contra todo pronóstico, logró superar el corte clasificatorio, aunque un error administrativo lo dejó fuera de la lista para la siguiente ronda. Lejos de desistir, defendió el lugar que había ganado en la cancha; la equivocación fue corregida y su nombre reapareció entre los clasificados, confirmando que tenía el talento para abrirse camino en el profesionalismo. Tras impulsar el deporte desde cero en Chihuahua, Tijuana y Colima, en 1966 recibió la llamada que marcaría su destino: el Club Campestre de León buscaba un profesional que encabezara su crecimiento.

Al llegar al Campestre, Fuentes encontró un club con menos de un centenar de golfistas. Durante los siguientes 25 años, transformó esa realidad. Organizó programas infantiles y juveniles, impulsó torneos y dedicó incontables horas a pulir nuevos talentos. Bajo su enseñanza crecieron figuras como Francisco «Pancho» Esparza, Feliciano «Chano» Esparza, Rafael Mena, Gustavo Mena y Roberto Carlos Arena, quienes más tarde darían el salto al profesionalismo, consolidando a León como una potencia del golf amateur en México.

Sin embargo, para Héctor Fuentes el golf es, ante todo, una escuela de vida. «Aquí no hay árbitros. El juez eres tú mismo», afirma. Con esa filosofía, siempre buscó que antes de formar buenos deportistas, era necesario formar personas honestas, disciplinadas y respetuosas; valores que perduran mucho más allá de una ronda de juego.

Hoy, tras más de seis décadas de trayectoria, enfrenta una batalla distinta. La fibrosis pulmonar ha reducido su capacidad física y ya no le permite recorrer los campos como antes. Aun así, continúa vinculado a su pasión, visitando los clubes y compartiendo su experiencia con las nuevas generaciones.

Con profunda emoción, asegura que León le regaló mucho más que una carrera; aquí formó su hogar y vio nacer a sus hijos. «León me dio tres hijos… y además me dio otro hijo más: el Club Campestre», expresa con una sonrisa. Su historia demuestra que los grandes legados se construyen con paciencia, enseñando golpe a golpe y dejando una huella imborrable en la comunidad.

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