Ayer morimos todos un poco. No pudo sentenciarlo más lapidariamente el poeta inglés John Donne al versificar: “…porque me encuentro unido a toda la humanidad, por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti”.
Así, y como siempre: “como un ladrón en la noche”, la muerte segó la vida de un gran hombre.
Murió Martín Guardián Abundes, periodista, funcionario público, esposo y padre ejemplar.
El Heraldo de León siente por su deceso una pena directa, particular, pues las virtudes profesionales y personales de Martín enriquecieron esta Casa cuando él aceptó la Dirección Editorial de nuestro diario.
Titulado en la entonces Universidad del Bajío, A.C. (hoy La Salle), Martín se desempeñó como informador serio, honesto, puntual, primero en León.
Sus cualidades lo llevaron a la Ciudad de México, a las secretarías de Ecología y a la de Agricultura y Recursos Hidráulicos del Gobierno de la República, durante el lapso que encabezó ésta don Javier Usabiaga, de quien fue asesor acucioso, invaluable e institucional.
Fue al regresar a León cuando se incorporó a El Heraldo de León, primero como reportero y autor de la columna “Mirilla”, en la que, sin abandonar la objetividad de la información objetiva, interpretaba hechos, documentaba juicios, aportaba elementos de criterio para los lectores.
Periodista pensante, aun cuando sin partido ni sesgos deleznables, Martín supo hacerse del respeto y tener entrada en los ámbitos políticos y empresariales. En sus textos y conducta fue plural, no insustancial, ni eludió compromisos con sus ideas.
¿Eran discutibles sus opiniones? Por supuesto. No pretendió ser dictatorial.
¿Era sujeto de acusaciones por doloso o falsario? Por supuesto que no.
Luego de ese lapso en El Heraldo, fue invitado a colaborar en la Procuraduría Estatal de Derechos Humanos, si bien sus horizontes –además de los estrictamente institucionales- lo llevaban a escudriñar los muy amplios de la República y aun los internacionales, que nutrían no nada más su conocimiento, sino que llegaban a ser “alimento” de sus colegas, sin ser intrusivo.
El Heraldo de León no regatea por todo esto su agradecimiento, su tristeza, pero –pese a su partida- sobre todo expresa el privilegio de haberlo contado entre nosotros.
El duelo de su familia es el nuestro.
Más allá de todo convencionalismo retórico, decimos sin ambages: Que descanse en paz.



