Abundan los discursos de gobernantes haciendo apología de la educación como el instrumento por excelencia para encaminar la vida pública y la privada a la aceptación de los valores, como senda segura para superar la violencia que agobia a todas las sociedades del mundo.
Es cierto que los problemas que nos aquejan son múltiples y variados en cantidad y calidad, pero el ser humano ha de responsabilizarse por atender los propios y de manera especial, evitar que nuevos aparezcan y otros se vuelvan más virulentos. Es esta la razón por la que debemos enfrentar el problema en su raíz.
Es innegable que la forma de organización económica, a partir de los años ochenta del siglo pasado, impulsó la desigualdad como forma de controlar a las masas de población que llegaron a conocer beneficios de la civilización, a los que posteriormente no tuvieron acceso, haciendo del empobrecimiento, el caldo de cultivo para la violencia entre quienes resultaron marginados del progreso y para aquellos que lo esperarían sin esperanza alguna.
El trabajo fue el motor que impulsó el desarrollo, y con él, el acceso de grandes masas de población a mejores niveles en materia de casa, vestido y sustento. Sin embargo, cuando las prestaciones a los trabajadores fueron disminuidas, las economías del tercer mundo se colapsaron, se presentaron las grandes emigraciones y, con ellas, se puso de manifiesto la incapacidad de la economía, para proporcionar a las mayorías, casa, vestido, alimentación educación y recreación de la calidad que un día conocieron.
Los intentos por volver a los niveles de bienestar perdidos, pueden ser plausibles, pero con certeza sabemos que el bienestar universal, no vendrá sin una cultura nueva, respecto del trabajo y la disminución de la desigualdad. Conscientes de la importancia del trabajo, pues en nuestra forma de pensar no hay otro camino al desarrollo compartido, organizar el trabajo de millones de seres humanos es inaplazable para evitar que las hambrunas y la desigualdad cruel abatan a la especie.
La disputa por los espacios libres de hambre, será cada vez más encarnizada. Las actividades consideradas delictivas irán en aumento y los Estados Nacionales, debilitados por los poderes fácticos, serán requeridos de usar la fuerza prohibida, para combatir a los marginados y el género humano, a causa de guerras intestinas, se verá en gran riesgo de perder su racionalidad, como empieza a apreciarse.
Colocar a la persona humana en el centro del interés del Estado y de la propia especie es el único camino y una educación para la realización de la persona humana, la salida para preservar al género humano. Para ello, no es suficiente pensar en la educación a manera tradicional, sino generalizarla a todas las etapas de la vida, en las cuales, los valores de la solidaridad y la empatía, sustituyan a la desigualdad como motor hacia el éxito.
