Cómo tratar a quien delinque, es una pregunta que a través del tiempo ha tenido respuestas varias. La ley del más fuete; la ley del talión; los argumentos en defensa de la sociedad y muchas otras han sido las contestaciones.

No ha faltado quien pretende infundir temor al castigo sea terrenal o después de la muerte, para lograr que se respete la norma vigente. Algunos como Kant sostienen la obediencia a la norma por respeto al deber.

Lo cierto es que nuestra cultura, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. En el campo del derecho la norma desea mediante la sanción, que el delincuente se reinserte a la sociedad, para lo cual ha determinado una serie de acciones, que en la actualidad, han resultado ineficaces, para cumplir el objetivo que se pretende mediante el perdón, una vez compurgada la pena.

Es tiempo de reflexionar sobre la eficacia de los métodos empleados hasta ahora. Los penales se encuentran saturados, lo que aprovechan los privatizadores para gestionarse una oportunidad de negocio. Otros aumentan las penas o buscan generar policías más eficaces, entrenados y armados.

Sin embargo, pocas voces se alzan para recomendar hospitales sui géneris, para tratar a quien delinque. Lo cierto es que el sistema económico vigente aumenta exponencialmente las neurosis y el agravamiento de las mismas en padecimientos cada vez más agudos, que apartan al ser humano de la cordura.

Nunca terminaremos de construir penales, si los convertimos en promotores del crimen. Sería bueno conocer, por lo menos, el método represivo que ha resultado exitoso tratando de amedrentar al delincuente; muchas veces progresivamente enfermo y con una visión de la realidad muy distinta, a la de quienes pretenden asustarlo, reinsertarlo a la sociedad o asesinándolo en la cámara de gases o en la silla eléctrica.

Es imperativo humanizar la impartición de “justicia”. Es cierto que el grado de evolución de la sociedad con relación a los valores, requiere del miedo para obedecer la norma. Pero en nuestro caso, la impericia para gobernar nos ha llevado a un desorden gigantesco. La disciplina se pretende aplicar amenazando con la injusticia, acción que crea una vocación creciente por violar la ley.

La crueldad con que es tratado quien cae en la desgracia de haber delinquido, nos hace pensar en lo insensibles que nos hemos vuelto ante el sufrimiento humano. El peor delincuente debe ser tratado humanamente, para que podamos invocar la justicia como forma de convivencia.

¿Qué tanto requerimos humanizarnos todos, para tener derecho a pedir justicia?

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