
Al menos una hora le toma a un pipero vaciar los 10 mil litros de agua de su tanque cuando hace un recorrido por la comunidad San Juan de Abajo. Durante el transcurso del día, son mínimo cuatro viajes los que hace y se trata de un trabajo que hay que hacer toda la semana, así lo relató el conductor de una pipa que prefirió no dar su nombre.
No es un secreto que este lugar ubicado en las orillas de la ciudad, cruzando las vías del tren sobre el Timoteo Lozano, a la altura del bulevar Delta, es un asentamiento irregular y hacer llegar los servicios es algo que han demandado los ciudadanos por años, pero hasta el momento no ha pasado.
Si bien hay una luz de esperanza sobre el comienzo de los trámites que permitirán darle certeza jurídica a los colonos, es algo que en el corto plazo no tiene fecha y mientras tanto, las personas que viven en San Juan de Abajo, deben encontrar la manera de que el elemento vital indispensable para su día a día no falte en casa: el agua.
Sobre la calle Santa Elena, hay una toma comunitaria, las llaves son funcionales y a decir de los colonos, si alguna tiene una falla, no pasa mucho tiempo antes de que la reparen.
Hay quienes optan por poner una manguera y hacer que llegue hasta su domicilio, pero es algo que no se ve muy seguido.
Y aunque la toma está a disposición de los habitantes, el servicio que ofrecen las pipas es necesario, pues el tiempo y esfuerzo que requiere acercase a la toma, no lo tienen todos.
Como Lupita, quien es ama de casa y con un bebé a quien debe atender, prefiere solventar la necesidad de agua con el servicio de una pipa, llena tres barriles y una tina, le generan un costo semanal de $100.
«Mi esposo, cuando tiene tiempo, va y me trae (agua de la toma), ya me llena un barril o las tinas, pero todo el día trabaja y yo sinceramente tengo a mi bebé y no puedo», explicó.
Para ella reutilizar el elemento es algo esencial, pues representa un ahorro en el bolsillo.
«Nada más para lavar, para limpiar, el baño, para bañarnos, el agua para tomar vamos a comprar», mencionó.
El caso de la señora Elena es similar, tiene dos tinacos: uno es para agua de consumo humano y el otro para el uso doméstico. Cuando lava, tiene que separar el agua que ya utilizó para darle otro uso e incluso regar sus plantas.
Sin un trabajo estable, es el esposo de la señora Elena, que con el salario de su trabajo debe solventar los gastos de la casa, incluido el del pago del agua, ya que llenar estos dos tinacos representa un gasto de $200.
«Batallamos porque a veces duran día en que no pasan (las pipas) seguido y a veces no hay el dinero», mencionó.
Para Elena, no es una opción ir a la toma comunitaria, pues su estado de salud no le permite moverse con facilidad y su edad no le da las fuerzas necesarias para hacer el recorrido y cargar con las cubetas llenas de agua.
Como estas historias hay muchas más en la comunidad San Juan de Abajo, en este lugar, la sequía de agua, llegó desde hace ya muchos años.




