El diálogo es instrumento imprescindible para enriquecer la vida consciente, pues a través de él, se interacciona y fortalecen los vínculos de convivencia, soporte del ejercicio de la potencialidad racional de la especie humana.
La sociedad contemporánea ha logrado formidables avances en la ciencia aplicada, que pareciera han desterrado el diálogo entre los humanos, convirtiéndolos en receptáculos de una serie de acciones que les condicionan y hacen parecer inútil la relación de persona a persona con el fin de analizar y utilizar la conversación como forma esencial de vida.
El ser humano necesita ponerse de acuerdo, para que la interacción sea consciente y no producto de acciones inconexas que propician una relación carente de sentido en el uso del lenguaje, limitándolo paulatinamente en su capacidad para: agradar, ponerse de acuerdo, dar sentido a la propia relación y, concitar interacciones, enriquecidas con ingenio y sabiduría de los interlocutores.
Tal pareciera que marginamos el valor belleza en nuestra relación con el lenguaje y preferimos la expresión altisonante o grosera, para el manejo de nuestra comunicación; que es cada vez menos dialógica, en la medida que no solamente marginamos la belleza, sino también los valores que propicia la lógica. En tales condiciones, es difícil interesar en la cultura dialógica, a una sociedad enajenada por el apetito hacia los bienes, inducida a una especie de hedonismo, con la frustración a la vuelta de la esquina.
En el mejor de los casos, sin proponérnoslo, por lo lejano que nos hemos colocado de la consciencia, buscamos el placer en la comunicación diaria, que se disuelve mucho antes de llegar a complacernos; para empeñarnos en otra búsqueda, que se convierte en meta sin fin, alentada por una estrategia para hacernos seres ávidos de consumir y, concluir: que si no podemos adquirir los bienes de moda, somos seres inferiores y, nosotros mismos nos colocamos a la espera de la oportunidad de convertirnos en consumidores; tentativa fallida, puesto que el postulado que la sustenta es falso: mi capacidad de compra no depende de mí, sino de algo tan inasible como el mercado.
Con “poder de tu firma” es otro llamado a la frustración inminente o a posteriori, pero al fin, malogro, si consideramos a la especie y no solamente al sujeto, como destinatarios de la invitación a ejercer ese poder personal, que es una quimera.
Sin diálogo, la sociedad se convierte en víctima de quienes la controlan; pero los mismos que manejan mi decisión, resultan también víctimas de la ausencia del diálogo y de la sociedad inconsciente; pues la violencia, producto de la insensatez, sacrifica lo mismo al manipulador, que al experto en apoderarse de su voluntad.
El desafío es lograr que dejemos de cosificar a la persona humana, desde la niñez, procurando una educación, en el hogar, la escuela y la sociedad, que tenga como finalidad el ejercicio de la potencialidad racional del ser humano.
