Lograr un máximo de libertad para el desarrollo social, requiere invertir con empeño cantidades crecientes de recursos económicos y mayor honestidad en la conciencia de todos los ciudadanos. Es necesario combatir la idea de que la ciencia y la cultura, no es quehacer que obligue a todos Esta forma de pensar, está muy arraigada y crece exponencialmente en la juventud, quien llegada su pubertad, con avidez, busca satisfacer sus nuevas necesidades, omitiendo que realizarlo, conlleva una serie de obligaciones, que tienen que ver con la armonía social.
Es necesario que la educación, desde la familia, tenga como una de sus prioridades, lograr que la sociedad tome conciencia de que todos somos responsables de su buen funcionamiento; que no hay edades para asumir ese deber, pues desde que tenga “uso de razón”, el infante deberá asumir, como obligación, la necesidad de honrar a sus padres, con la propia conducta.
En su afán por abolir los tratos injustos a que eran sometidos muchos de los infantes, se llegó al extremo opuesto, regir a la familia por el principio de “dejar hacer, dejar pasar”. Si pretendiéramos explicar la causa de la nueva actitud ante los hijos, muchos de los padres, víctimas de la violencia y el abandono provocados por el alcoholismo, argumentarían que ellos no quieren que sus hijos sufran por lo que ellos pasaron. La explicación tiene sólo en parte razón, pues el maltrato no puede ser justificado, si no fuera porque en la tolerancia hacia los hijos, se encuentra falso alivio, a las faltas cometidas en el seno de la familia, que luego los hijos pagan y nos hacen pagar, muy caro.
Un análisis superficial, pudiera suponer que familias socorridas por la fortuna, son ajenas a los problemas que trae consigo la limitación económica; o que el gobernante es ajeno a este sufrimiento. Pero lo cierto es que todas las familias están expuestas a sufrir las consecuencias, de omitir, en lo humanamente posible, regirnos por valores, que anteriormente se exigían por la violencia, pero que ahora, la ciencia nos da la oportunidad de generarlos por la superación de cualidades humanas, ligadas a los valores de respeto hacia los progenitores y hacia sí mismos de parte de los hijos o dependientes familiares.
Todos somos causantes directos o indirectos de la violencia social que nos avasalla; luego entonces, será quehacer político fundamental organizarnos, para cumplir la obligación de hacernos mejores a nosotros mismos, mediante la empatía y la solidaridad; conceptos que probablemente usamos en rezos y discursos, pero cuyo deber de acatamiento, soslayamos.
Asumamos la responsabilidad cuyo ejercicio reclama el sufrimiento de miles de jóvenes abandonados por la indiferencia, pues es causa de que vivamos en tragedia continua, porque tomamos una actitud pasiva ante nosotros mismos y ante la sociedad. No depender de la voluntad de otro para asumir la propia. Ejercer la libertad sin demora; que sea ella la convocatoria para que la sociedad sea libre de la violencia, por el ejercicio de la virtud.
