
Gerardo estaba de pie, frente a sus compañeras y compañeros, exponiendo un tema, porque es algo que se le da, tiene facilidad para ello; se sentía confiado… hasta que la maestra lo interrumpió dirigiéndose a la clase: “Como está diciendo su compañera Sandra Hernández Vargas…”; por alguna razón dijo el nombre completo que Gerardo usaba cuando aún no se asumía como hombre trans.
Lo dijo a sabiendas de que él ya no era Sandra, no lo era desde hacía tiempo y asumirse como Gerardo le había costado bastante.
“Me sentí pequeño, irrelevante, tuve miedo porque me sentí vulnerado, porque no debía ser así. Me lastimó, me hizo daño a propósito”.
“Las violencias estructurales tienen dos orígenes de manera estadística”, explica Ricardo García Frausto, subsecretario para la Atención de las Personas de la Diversidad Sexual y de Género en el estado de Guanajuato, “una está, hay que decirlo, al interior de la familia; la segunda está en la célula social más importante: las escuelas y concretamente, las aulas”.
Es por eso que, en el estado de Guanajuato, la Subsecretaría realiza una serie de pláticas de sensibilización y de capacitaciones que prevengan y atiendan tanto la discriminación como la violencia por orientación sexual, identidad y expresión de género en los niveles de educación media superior y superior.
Pero no tiene por qué ser así
La historia de Gerardo es ejemplo de por qué sensibilizar y capacitar es tan importante: en su núcleo primario y en su escuela tuvo respaldo. La directora hizo que la docente le ofreciera una disculpa.
Gerardo es un chico guanajuatense de 21 años, quien nació biológicamente como mujer; sin embargo, muy temprano se dio cuenta que no se sentía cómodo en ese cuerpo. Al ser pequeño no lo entendía, pero al llegar a la adolescencia, esa inconformidad se sumó a la confusión de no “encajar”.
Es un chico de sonrisa fácil, quizá nerviosa, muy amable, delgado y de piel blanca. Llega cargando su mochila, se disculpa por la tardanza y pide un café para comenzar la plática. Se ve nervioso, pero poco a poco, se relaja.
Cuenta que, como muchos adolescentes, la pandemia le trajo encierro, aislamiento y depresión. “Pero cuando las clases por zoom se terminaban, yo me quedaba platicando con algunos compañeros, a veces hasta tarde, uno de ellos me dijo: eres muy bonita ¿no conoces ese estilo de chicas tomboy? Te quedaría perfecto el cabello corto”.
Ese fue su primer acercamiento a un mundo que no conocía, investigó, aceptó la sugerencia de cortar su cabello y se sintió muy bien así. “Poco a poco supe de la diversidad que había: personas transgénero, travestis, transexual, gay… había ¡mucho! Y de pronto me puse a pensar ¿me siento cómodo con algo de esto? Porque para entonces, ya me sentía aparte de todo”, platica.
Gracias a la ayuda psicológica y al conocimiento, llegó a ese momento clave en su vida en el que decidió finalmente, que ese cuerpo, no era con el que se identificaba.
“Creo que el momento clave fue cuando me di cuenta que siempre había vivido inconforme con cosas como que las niñas usen falda, los niños pantalón, que las niñas no juegan futbol, que las niñas no salen de noche. Estaba harto de seguir así y lo pensé mucho tiempo, hasta que decidí no conformarme; pensé: si los demás no cambian, yo sí quiero cambiar y ahí entendí eso: el cambio estaba en mí y fue cuando decidí hacer la transición”.
Desde que decidió asumirse como Gerardo su vida cambió para bien.
Ahora, Gerardo se resume a sí mismo en una palabra: Libre.
Cuando le pregunto si le falta algo, me responde: “¿por fuera? Pues voy a empezar con testosterona… pero por dentro, no me falta nada: tengo cuidado, cariño, es hermoso y así estoy feliz”.



