Dejé de escribir en este espacio hace seis meses. En aquel momento, y de manera casi ininterrumpida hasta la fecha, mi vida personal reclamó un derroche de energía extraordinario, que superó mi capacidad para sostener la demandante tarea intelectual de sentarme a escribir.
No obstante, a lo largo de este tiempo, hubo momentos en que la inspiración detonada por ciertas historias, imágenes y sonidos, reclamó mi deber hacia las letras. Y este acicate me llevó, en varias ocasiones, a iniciar artículos que, después, no pude concluir. Uno de dichos trabajos inacabados, surgió con el estreno de «Toy Story 4» y, no fue hasta hace unos días que, con motivo de su lanzamiento en video, decidí terminarlo.
De entrada, no nos ocuparemos de la trama. Me interesa, en primera instancia, la reacción que la película ha generado en el público. Sobre todo, porque a diferencia de la tercera entrega de la saga —que tuvo una aprobación generalizada—, la cuarta parte produjo reacciones encontradas. Hubo para quien la película fue el cierre perfecto para la saga, pero para muchos fue completamente innecesaria y carente de argumento.
Y un punto común entre los que reniegan del argumento es la elección que Woody toma al final —a estas alturas no será un spoiler para nadie— al quedarse con Bo Peep. Al respecto, leí un artículo interesante en el que comparaban los argumentos de las películas «Cars 3» y «Toy Story 4», dado que, en ambas, el personaje principal hace un cambio trascendental al final.
En «Cars», nos dice el articulista, la primera película nos prepara para la última. El Rayo McQueen aprende de su mentor, Doc Hudson, sobre las carreras y sobre la vida. Y al final, cuando él mismo se convierte en mentor de alguien más, puede transmitir lo aprendido. «La transición se siente ganada», nos dice. En gran medida porque el Rayo es congruente con su personalidad en las tres películas donde es protagonista.
En «Toy Story 4», en cambio, Woody traiciona el arco dramático de su personaje —aquel que lo llevó a abandonar a Andy— y, en general, el legado de las tres películas anteriores, donde se esforzó en demostrar que lo más importante para él era su niño y el grupo de juguetes. Y todo ese sacrificio, por una «relación a la que se le dieron —sólo— ocho minutos de pantalla sumados entre las tres primeras películas de Toy Story», nos dice el articulista. ¡No parece justificado!
Y, sin embargo, «Toy Story 4» es profundamente inspiradora y humana porque retrata el sacrificio que el amor —cuando se realiza— exige de nosotros. El amor nos fuerza a dejar —traicionar— el terreno seguro de lo conocido, lo igual, lo familiar. Pasamos toda nuestra infancia y buena parte de la juventud al lado de nuestros padres, generándoles —a la par de numerosas alegrías— gastos, pesares, frustraciones, y en determinado momento y sin decir «agua va», decidimos abandonarlos por —un sinsentido como— el amor. Y todo, por alguien que acabamos de conocer y del que no sabemos mayor cosa. ¡Tampoco está justificado!
Con todo y a pesar de todo, el amor no obedece justificaciones. La elección de Woody fue lo más correcta y verosímil posible. El arco dramático no fue traicionado, ya que Woody no es otro del que vimos en las otras tres películas. Se trata del mismo vaquero —familiar a todos— tomando la primera decisión personal, congruente y apasionada de su vida. Si todo arco dramático implica una transformación, no existe, en las tres películas anteriores, evidencia de una transformación tan trascendente como esta.
Sigmund Freud decía que «el amor por la mujer irrumpe a través de las formaciones de masa de la raza, de la segregación nacional y del régimen de las clases sociales, consumando así logros importantes desde el punto de vista cultural». Sin ese papel —profundamente subversivo— del amor, la opción es el anquilosamiento, la estasis, el eterno retorno de lo igual que, en no pocas ocasiones, genera montos considerables de sufrimiento. Woody encerrado y segregado en un closet.
Como personas —pero también como sociedad— somos adeptos al «status quo». Fanáticos del Woody que cuida juguetes. Preferimos, antes que arriesgarnos a tomar una decisión que nos implique personalmente, dejar las cosas como están. Tememos al cambio; y este temor no pocas veces nos fuerza a soportar condiciones que vulneran nuestra dignidad y nos causan sufrimiento. Es una fortuna, entonces, que existan emociones tan potentes como el amor, que nos lancen anzuelos lo suficientemente atractivos como para transformarnos. Las dudas se despejan. No había otra opción más que elegir a Bo Peep.
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