
Los asesinos seriales siempre han sido un tipo de criminales que despiertan en la gente una morbosa fascinación. Por ese motivo, surgen de manera constante libros, series, documentales y películas basadas en hechos reales.
A veces, quienes hablan sobre el tema son youtubers sin ninguna formación en periodismo y ciencias forenses, pero en otras ocasiones surgen libros perfectamente documentados, que respetan a las víctimas de estos delincuentes. En México, se ha editado recientemente ‘El Caníbal de Atizapán: La historia del mayor asesino serial de México’ de Javier Tejado Dondé, que no solamente cuenta el caso a detalle, sino que además, explica cómo fue la producción del documental ‘Caníbal: indignación total’ que se emitió en 2022 en Justicia TV (canal del Poder Judicial de la Federación) exponiendo la ineficacia y omisiones de las autoridades en uno de los casos más escalofriantes en la historia reciente de México.
El caso arranca con la desaparición de Reyna González Amador, de 34 años de edad, casada y madre de 2 hijas. Su esposo era un dedicado policía y ella trabajaba vendiendo teléfonos celulares. Con el paso de los años, ella había confiado en un tipo llamado Andrés Mendoza Celis, que le llevaba equipo para que lo reparase… entonces, Reyna desapareció.
Ante la tardanza de las autoridades, Bruno Ángel Portillo, esposo de la mujer, empezó a investigar, dando con la calle Margaritas en Atizapán. Tras ingresar al lugar encontró lo que habría de marcarlo por completo: su esposa estaba descuartizada. Portillo pidió refuerzos y detuvieron el despreciable asesino, pero conforme avanzaban las investigaciones, se descubrió que Andrés Mendoza había matado, a lo largo de 31 años, 54 mujeres.
En su casa, que era un sitio sucio y completamente insalubre, se hallaron más de 4 mil restos óseos. Por si todo lo anterior no fuera suficientemente escalofriante, se comía a sus víctimas y vendía sus restos como carne.
INVESTIGACIÓN
Al igual que muchos de su calaña, Mendoza imitaba asesinos de las películas. En este caso, tenía un bozal como el de Hannibal Lecter, a quien Anthony Hopkins dio vida en ‘El silencio de los inocentes’, aunque él no tenía en lo más mínimo la cultura y preparación del personaje creado por el escritor Thomas Harris.
El modus operandi del asesino consistía en ir a bares, buscar mujeres solitarias, invitarles tragos y llevarlas a su casa, donde finalmente consumaba sus viles actos. Después de ser detenido, Andrés enfrentó el juicio.
Conforme los peritos investigaban, se halló material más infame: videos donde grababa sus crímenes (y que fueron solicitados por la Unidad de Análisis de la Conducta, división del FBI que investiga asesinos seriales) y un álbum donde escribía todo lo que hacía a sus víctimas.
Pero el caso no termina así: de acuerdo con el libro, que tiene pasajes durísimos, y detalla varias irregularidades de la autoridad en el caso. En primer lugar se dijo, inicialmente, que Reyna era amante de Andrés, algo totalmente falso y que solo sirvió para re victimizar a Bruno y su familia.
¿Cómo pudo Mendoza actuar durante tantos años sin despertar sospechas? Esa es la pregunta que cualquiera con un poco de sentido común se formula y el libro arroja diversos testimonios al respecto. Muchos vecinos vieron cómo pasaba mujeres a su casa, pero preferían no decir nada, quizá por miedo, o tal vez por indiferencia.
Aunado a lo anterior, el asesino apoyaba a políticos de Atizapán y presumía sus supuestas influencias. También, Mendoza Celis era presidente de colonos de Lomas de San Miguel, donde era visto como un “ciudadano respetable”. Esa actitud de camaleón social es habitual en muchos psicópatas, que se mimetizan con la gente y su entorno.
Hoy, el caso continúa vigente. Las víctimas son quienes deben ser honradas.
Andrés Mendoza pasará el resto de su vida tras las rejas. Sin embargo, ninguna sentencia podrá restaurar todo el daño que hizo.