Finalizamos la semana con los últimos días del mes de febrero, dejando atrás las celebraciones del amor y la amistad, y dando la bienvenida al mes de la primavera, esperándolo con singular alegría en medio del coronavirus y el paro nacional de las mujeres, las cuales protestan por los actos feminicidas en todo el territorio nacional. Y en medio de tanta algarabía, observamos cómo el país comienza a dividirse en múltiples grupos de poder, unos a favor de las protestas, las quemas, el desorden, justificando su actuar bajo el argumento de que sólo de esa manera se pueden dar a escuchar, mientras que otros, de pensamiento totalmente opuesto, señalan que esa no es la forma correcta de hacer las cosas, y que la violencia no se soluciona con más violencia; por otro lado, personas que sacan sus dotes de comediante y hacen graciosas comparaciones y comentarios despectivos respecto de las marchas, mientras que el grupo perteneciente a la clase gobernante ve con total indiferencia la pelea social de todos contra todos.

Al autor de estas líneas le genera cierto escozor ver tantos movimientos sociales manejados por la filosofía del caos y del destrozo, olvidando por un momento que una revolución nunca se ha ganado sin la fuerza de la intelectualidad, y que la revolución francesa nunca hubiese sido exitosa de no haber tenido como pilar fundamental las aportaciones de los enciclopedistas como Rousseau, Montesquieu y Voltaire, entre otros, como bandera principal.

Una protesta sin idearios filosóficos es sólo un grito desesperado, un movimiento cavernícola de una muchedumbre iracunda, que exige a punta de garrote un trozo de comida, sin importar que al final seguirá comiendo la carne cruda.

Y dentro de tanto desorden, comienzan a aparecer esas horripilantes bestias de rapiña, conocidas como los “políticos”, que a la primera oportunidad comienzan a liderar a las masas descontroladas, ofreciendo falsas promesas, presidentes de asociaciones civiles que, al igual que aves carroñeras, están ahí, viendo la primer oportunidad para volverse ricos de la noche a la mañana. México necesita verdaderos líderes y menos oportunistas, más peleas desde las trincheras intelectuales y menos saqueadores del país, más personas que hablen con el cerebro y no con esa gracia artística seductora cual si fuera el flautista de Hamelín.

Un paro nacional no es la solución, en lo más mínimo, y para muestra de ello es que a pesar de las múltiples marchas sobre calles y avenidas, dejando tras de sí destrozos y astillas de cristal, cual si fuera el resultado de una estampida de búfalos, y a pesar de tanta barbaridad las cosas siguen igual: los estudiantes obteniendo títulos con la misma facilidad que una paloma excrementa sobre un automóvil, sin un conocimiento adecuado que sustente sus diplomas; un servicio de salud que es incapaz de tratar la más mínima de las dolencias, viendo las interminables filas en los hospitales, los cuales sólo tienen en sus cuerpos médicos a unos famélicos estudiantes de medicina, flacos y ojerosos, explotados hasta el cansancio bajo el pretexto de que están haciendo “su servicio social”, desfilando de mano en mano paracetamoles y otras pastillas milagrosas que libran a la gente de todo mal, cual si fuera un padre nuestro.

Crisis laborales reconocidas por la impresionante violación al artículo 123 constitucional, pasándose las garantías consagradas en la Ley Federal del Trabajo por debajo del arco del triunfo, todo ello bajo la famosa frase de “aquí tenemos hora de entrada pero no de salida”. Un servicio de seguridad pública que es incapaz de atrapar al raterillo del barrio, apoyado por una fiscalía que necesita de tramposas estrategias para atrapar al primer pobre diablo que se le atraviese, y volverlo un chivo expiatorio para fortalecer sus estadísticas. Pongamos a marchar a los cerebros, haciendo un paro nacional no sólo por las hermanas caídas, sino por la injusticia que el pueblo mexicano está sufriendo día con día, sólo asegurándonos que detrás de esos movimientos jacobinos no venga oculto esa maldita plaga de seres grotescos a los que se les ha bautizado con el nombre de “políticos”. Un movimiento revolucionario se verá altamente contaminado si entre sus filas aparecen tan ventajosos personajes. Más que un garrote en la mano y una pinta en una pared, necesitamos uno de esos objetos repletos de hojas de papel, al que los intelectuales le llaman “libros”. Un abrazo fraternal.

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