Con el auge del crimen organizado en el país surgen infinidad de historias. Algunas, como la de lo ocurrido en Teuchitlán, son aterradoras. Otras son tristes, y otras, como el caso de Don Alejo Garza Támez, resultan tan increíbles que han inspirado canciones, cómics y documentales.
Para muchos, Don Alejo fue un suicida, mientras que para otros un valiente. En esta columna sobre crímenes mediáticos vamos a limitarnos en contar y recordar los hechos, y que sea el lector quien juzgue por su cuenta.
Don Alejo era un adulto mayor de 77 años que tenía su rancho, llamado ‘San José’ en Victoria, Tamaulipas. Él lo había comprado y le había dado forma, convirtiéndolo en un lugar muy próspero. Sus vecinos lo conocían y lo respetaban por igual. Básicamente, el hombre vivía sus años dorados de la manera más tranquila posible, dedicándose a cuidar de sus animales y a la caza, a la que se dedicaba con pasión. Tenía varias personas que trabajaban para él, amigos de su edad que lo apreciaban y era padre de dos hijas que ya se habían independizado y lo visitaban esporádicamente. El hombre había nacido en 1933 y estaba casado con una dama de nombre Leticia. Aquella era una buena y apacible vida.
Pero el 12 de noviembre de 2010 todo iba a cambiar.
Unos hombres llegaron a la puerta de su rancho y preguntaron quién era el dueño del lugar. Alejo los recibió cortésmente. Ellos le ordenaron dejar el rancho en 24 horas.
“El rancho es mío y no está en venta”, respondió, a lo que los hombres respondieron con burlas y carcajadas.
No querían comprar nada. Se trataba de miembros del narcotráfico, que lo estaban, literalmente, despojando de su propiedad. Ellos querían usar el terreno para sus actividades ilícitas, de modo que, o se largaba, o tendría que enfrentar las consecuencias. Le dieron 24 horas.
Don Alejo, muy tranquilo, reunió a todos sus empleados y les dio su finiquito conforme a la ley. Acto seguido, llamó a sus hijas Marcela y Alejandra y les dijo que estuvieran tranquilas, que él iba a estar bien.
EL ENFRENTAMIENTO
Entonces, atrancó la puerta y las ventanas de su rancho con muebles, y sacó su rifle, que cargó. Después se sirvió un café.
Sabía lo que hacía, después de todo había ganado reconocimientos nacionales por sus habilidades como cazador.
Amparados por la noche, llegaron los criminales a bordo de sus camionetas, fuertemente armados. Bajaron del vehículo, advirtiéndole que ya tenía que haberse largado.
Fue entonces cuando una bala fue a dar a la cabeza de uno de los criminales. Ninguno de ellos se lo esperó. Entonces, todos desenfundaron sus armas y comenzó la balacera. Otro de los narcotraficantes murió de inmediato, ante el tiro certero de Don Alejo. Después mató a otro y a otro más. En total, ultimó a cuatro e hirió de gravedad a dos.
Finalmente, ejecutaron a Don Alejo a la puerta del baño de su alcoba. Sin embargo, ya no pudieron usar el rancho San José para sus actividades. Al principio, se creyó que había sido un enfrentamiento entre dos comandos… pero solo fue un hombre de 77 años. En los muros del lugar se contaron alrededor de 1000 agujeros de bala de diferentes calibres.
“Él nunca hubiera trabajado toda su vida para que le arrebataran todo. No era su naturaleza. Él fue lo más cercano a John Wayne”, recordaría después uno de los amigos de Garza en uno de los muchos documentales sobre el tema.
La historia de Don Alejo ha impactado sobremanera en la cultura popular. Le han compuesto varias canciones, y además, sobre su enfrentamiento existe el documental ‘El valiente ve la muerte solo una vez’, bajo la dirección de Diego Enrique Osorno. También, los artistas valencianos Ricardo Vílbor y Max Vento crearon el cómic ‘El viejo y el narco’ que narra a detalle todos los hechos. Don Winslow, uno de los mejores novelistas estadounidenses de novela policiaca, recupera en un capítulo el enfrentamiento en cuestión en su novela ‘El cártel’.
