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El asesino de la posguerra

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Uno de los asesinos en serie menos conocidos, pero de los más inquietantes, fue Yoshio Kodaira. Como muchos de su clase, supo fingir ante la sociedad, crear una máscara que falsedad tan bien estructurada, que incluso el emperador Hirohito lo felicitó.

La historia de Kodaira, que contaremos esta semana, vuelve a cobrar popularidad ahora que el Fondo de Cultura Económica publica ‘Tokio año cero’, excelente novela policiaca del autor inglés David Peace que se inspira en el tema y demuestra que, como siempre sucede en estos casos tanto horrendos como mediáticos, la realidad eclipsa toda ficción.

Kodaira nació el 28 de enero de 1905, y creció con un padre golpeador que le hizo vivir una infancia miserable. Su tartamudeo, además, lo convirtió en blanco de las burlas de sus compañeros. Nunca destacó en la escuela, y pronto supo que las aulas no eran para él, de modo que se enlistó en el ejército. En aquellos años, la milicia japonesa era realmente gloriosa: un ejemplo de dedicación, disciplina y siempre leales; pero también, se trataba de soldados que eran entrenados con la más absoluta brutalidad.

En ese entorno fue que Yoshio Kodaira pudo dar rienda suelta a sus tendencias sociópatas de manera libre, participando en el Incidente de Jinan, sangrienta disputa entre China y Japón. Como en toda guerra, ocurrieron crímenes que quedaron impunes, algunos perpetrados por el propio Kodaira. Entre las aberraciones que hizo, fue enterrar su bayoneta en el vientre de una mujer embarazada.

Allí, entre las batallas, armas y ejércitos, podía asesinar y saciar su sed de sangre sin temer a las consecuencias. En la milicia tenía la vida resuelta. Así fue como lo felicitaron, pues en su contexto era alguien ‘tenaz y disciplinado’.

SURGE EL MONSTRUO

Pero, como muchos asesinos en serie, Kodaira no pudo mantener oculta su naturaleza. El 2 de Julio de 1932 su mujer lo dejó, y como respuesta, Kodaira irrumpió en casa de su suegro, a quien golpeó con una barra de acero. Como resultado fue a dar a la cárcel, pero salió libre en 1940.

En aquellos años, Kodaira comenzaría su ola de crímenes en la prefectura de Tochigi. El mundo entero había entrado en la Segunda Guerra Mundial, y se aprovecharía de toda la tensión global. El primer feminicidio cometido por este criminal fue el de Miyazaki Mitzuko, joven de 21 años a quien estranguló. Posteriormente, mató a Ishii Yori, en la estación de tren de Shin-Tochigi.

Debido a la precaria situación del país del sol naciente en aquellos años, Kodaira engañaba a sus víctimas, haciéndoles creer que les daría trabajo en una granja. Una vez que las llevaba al bosque, abusaba de ellas y las mataba. Entre la guerra y la rendición japonesa, el entorno social resultaba sumamente complejo para todo mundo.

Un día, asesinó a Mirodikawa Riuko, a quien le prometió trabajo. Pero antes, se presentó con la madre de la joven. La policía se entrevistó con ella y fue como dio con Kodaira, quien rápidamente fue capturado y confesó todas sus monstruosidades.

La condena del Tribunal Supremo de Japón fue clara: pena de muerte en la horca. Fue colgado el 5 de octubre de 1946. Como muchos criminales de su perfil era sumamente frío, carente de emociones. Quedo claro cuando, mientras subía al cadalso, dijo sus últimas palabras: “[…] tengo mucha suerte de morir en este día tan tranquilo y pacífico”.

Fueron ocho las víctimas de Kodaira, todas mujeres, pero como suele ocurrir en estos casos, se presume que hubo más pero no ha sido posible confirmarlas hasta el día de hoy.
Las historias de estos asesinos seriales son aterradoras y muestran lo peor de la gente, pero conocerlas, ayudan a comprender la maldad humana. O como dice el propio David Peace: “El futuro, como el pasado, está escrito. No se puede cambiar, pero puede ayudar a sanar las heridas del presente”.

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