Muchos son los motivos que orillan a una persona a reincidir en cuestión delictiva. Dos de los más marcados son el ego y el estatus. El hecho de cometer un crimen, ir a los separos o a la cárcel y regresar a las calles, proporciona “puntuación” en los delincuentes.
Jonathan Arturo Murguía es policía municipal de Silao. Durante siete años lo fue en León. Hace dos años fue instructor en la Academia Metropolitana de Policía en el área de Estrategia Policial, y capacita actualmente empresas de seguridad pública o privada. Además, es licenciado en psicología y sociología de la personalidad y estudia la licenciatura en Seguridad Pública.
“Los delincuentes, al pertenecer a un grupo, cualquiera que este sea, se convierten en líderes. Toda la falta de atención que recibieron la tienen en su grupo. Incluso en las cárceles municipales, en los Ceresos e incluso en los separos, se convierte en un lugar de contactos y de conocimiento. Hay gente que dentro y fuera de la cárcel les alaba sus logros, e incluso les aplauden por ellos. Ven a muchos delincuentes populares como su figura ejemplar, y quieren convertirse en una de ellas, eso les da una sensación de liderazgo, de quererse volver un sujeto de admiración”.
“Este tipo de gente reincide porque pierde el miedo”, afirma Murguía.
Tienen la suficiente autoridad para señalar que el crimen es una materia prima. Así es: una materia prima que da trabajo a policías, ministeriales, y toda la gente que forma parte de la prevención del delito. Tal vez no sea una idea agradable, pero Murguía la defiende.
“El tema de la delincuencia debe de verse desde un enfoque policial, ciudadano, académico, familiar, de la falta de oportunidades, entre otros. La reincidencia abarca muchos aspectos: uno es el de una persona que quiere llamar la atención”.
Hay diferentes perfiles de criminales: el habitual y el ocasional, pero nunca falta el profesional, aquella que ya tiene preparado lo que va a hacer, que conoce y vigila a sus víctimas a detalle y con tiempo. “No se necesita estar en una zona conflictiva para cometer un delito, cualquiera en una oficina puede hacerlo al robarle a un compañero”.
“Si no hay delincuente, no hay trabajo policial, no hay robos, y por tanto no hay trabajo. Si nos vamos al ámbito religioso, el que delinque es un pecador y se le debe de redimir.
REINCIDENCIA POR DOQUIER
La reincidencia es un problema serio y constante, y eso es algo que tiene muy en cuenta tanto la Secretaría de Seguridad Pública como las colonias de la ciudad. Prueba de ello son los registros que se tienen de muchas de las personas que entran y salen de los separos de la policía, literalmente, “como Pedro por su casa”.
Algunos de los reincidentes son muy jóvenes, como el caso de Jorge, alias “el Chucky”, “el Tinguindin” o “el Wicho”, de Parques La Noria. Él tiene 129 detenciones por crímenes tan variopintos que van desde maltratar una escuela hasta robo a comercio y casa habitación, además de portar armas de fuego y marihuana.
Christian, alias “El Panda”, es otros de los más conocidos… y más jóvenes. De acuerdo con información de Seguridad Pública, tiene 17 años de edad y 55 detenciones en su “currículum” por diferentes faltas administrativas, entre las que destacan: consumo de drogas, ingerir bebidas alcohólicas, riña, portar objetos punzocortantes y cualquier otra acción u omisión que afecte la seguridad y tranquilidad de las personas.
“El Panda” es oriundo de Chapalita, donde la situación de inseguridad y pandillerismo se cuece aparte.
LA VIDA EN CHAPALITA
Para la gente de Chapalita, los delitos y la inseguridad son algo común, así como el pandillerismo y los chicos a quienes detienen la policía, llevan a los separos de CEPOL, y al poco tiempo después ya han sido liberados para volver a delinquir, cumpliendo así con un círculo vicioso y un hábito.
Muchos habitantes de la colonia tienen eso en cuenta, pero quien lo atestigua es la señora Mary Asunción Chávez, quien tiene actualmente una tienda de abarrotes frente al parque de dicha colonia y hace año y medio fue secretaria general del Comité de Colonos.
“Ha sido un problema difícil. Se ve luego luego la situación de los chavos, entre otras cosas debido al desempleo y a que faltan más espacios públicos. El parque Chapalita es caro (cuesta 8 pesos) y muchos prefieren estar en la calle haciendo otra clase de cosas. Yo directamente me dedico a mi trabajo, pero es común que muchos muchachos hacen destrozos y otros incluso asaltan. Hay jovencitos que no tienen ningún empleo, y se dedican a asaltar, o tumbar como dicen ellos”.
Canadá, Haití y Sonora son las calles “candentes” de Chapalita, donde los jóvenes reinciden… y sin duda alguna, reincidirán, sin importar cuantas patrullas y quejas haya.



