Otra semana más de cuarentena, y tal parece que el terror se sigue sembrando en estas tierras de nadie, con el pánico corriendo como si fuera una línea de pólvora que se ha esparcido desde Alaska hasta la Patagonia.
En estas fechas bíblicas la gente ha aprendido a vivir sin fe, a dudar de todo, porque tiempo atrás aquellos que se encargaron de cuidarle, le traicionaron, y al mismo estilo de Judas, nos vendieron al mejor postor.
Hemos aprendido a matar el tiempo antes que la angustia y la ansiedad comiencen a causar estragos mayores, y en medio de tanta incertidumbre hay personas a las que les dio por disimular su nerviosismo a través de una nueva capa de pintura para ese muro viejo y olvidado que el polvo se encargó de quitarle la belleza; otros, desesperados, buscan el pan de cada día ofreciendo artículos por internet, video conferencias, cursos en línea, haciéndola de costureros para hacer cubre bocas y llevar comida a la mesa, mientras que otros le juegan al químico y hacen geles anti bacteriales de forma casera.
Otros, más temerarios y rebeldes, o quizás más necesitados, se aventuran a las calles buscando unas monedas. Las calles solas, gente encerrada por sus propios miedos, otros por obligación. Los medios de comunicación hablan todos los días, a todas horas, de más infectados por el demonio del COVID 19, y alertan a la población entera que debemos de encuartelarnos para no terminar como los países hermanos de España e Italia.
Sin embargo, nadie toca el punto del avance del crimen organizado, que día con día sigue matando a más personas que el virus de moda, tampoco se ha cuestionado quiénes van a terminar más ricos después de todo este caos, pero es seguro que los vendedores de comestibles y artículos de limpieza harán su agosto en pleno mes de abril.
}En cuanto a las personas que al término de la desgracia serán más pobres, más paupérrimos, también ya lo sabemos: profesionistas que hace más de tres semanas que no cobran un centavo, comerciantes menores que ya no pudieron pagar el alquiler, mientras que el gobernante ahí está, dadivoso, dejándonos ver su gran generosidad en las palabras, pero incapaz de regalar un triste cubre bocas casa por casa.
El mundo sigue dividido entre los crédulos y los que se resisten a creer, sin embargo, en estos tiempos de fe, cómo podemos seguir creyendo en aquel que nos ha mentido de la forma más ruin y miserable. Hemos perdido la confianza en las instituciones públicas, en los derechos humanos, en las fiscalías de justicia, en los juzgados, en todo. Y eso, queridos gobernantes, a la larga va a ser más peligroso que el propio coronavirus.
