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Festival de primavera

En el inicio de los tiempos la tierra estaba plagada de flores y el suelo era fértil todo el año. Un día Perséfone estaba en el campo cortando lirios en compañía de sus amigas las ninfas cuando se abrió una grieta en la tierra. Resulta que su tío Hades, señor del inframundo, le había echado el ojo y decidió secuestrarla.

El chiste no le pareció gracioso a Démeter, diosa de la fertilidad, esposa de Zeus y nada menos que mamá de la muchacha, así que bajó al inframundo a buscarla causando que nada diera fruto en su ausencia. Como a Perséfone le había dado hambre mientras andaba allá abajo, se comió una semilla de granada, por lo que no podría regresar así como así al mundo de los vivos. Hades, Démeter y Zeus llegaron a un trato y es por eso que Perséfone, o la primavera, puede visitar la tierra una vez al año.

El equinoccio de marzo es uno de los dos momentos en el año en que el sol alcanza su punto más alto en el cielo; también marca el cambio de estación y, por lo menos en nuestro hemisferio, es el inicio de la primavera.

Aunque muchas de nuestras sociedades y economía ya no estén centradas en la agricultura y los cambios de estaciones, hemos heredado las ganas de celebrar de algún modo este encuentro entre Démeter y Perséfone, el primer verdor del año, regreso de la fertilidad y la vida y el fin del invierno. Mientras que en Japón visitan las tumbas de sus antepasados, en España hacen guerras de flores y entierran sardinas; en India se avientan polvo de colores y en China desfilan por las calles con enormes dragones. Seguro que en nuestra tradición prehispánica hay rituales y tradiciones significativas para recibir la estación de las flores, pero me atrevo a decir que de todas las maneras de celebrar la primavera, los festivales escolares son por mucho lo más extraño.

De algún modo, el sistema educativo mexicano ha convertido esta tradición pagana en celebración oficial al unirlo con el natalicio de Bomberito Juárez. Es casi como navidad para los docentes de preescolar y primaria, pues además de disfrutar un día feriado tienen la oportunidad de escoger de qué quieren ver disfrazados a sus alumnos y, vestidos así, ponerlos a bailar frente a sus padres y el resto de la escuela. Dulce venganza.

Tal vez por traumáticas, tal vez por inusuales… pero cuatro de estas experiencias han quedado talladas en la piedra resbaladiza que es mi memoria:

La primera: Es de hecho el recuerdo más antiguo que tengo. Combato las ganas de rascarme la cara embadurnada de pintura negra mientras camino por un pasillo hacia la oscuridad. Alguien me toma de la mano y me coloca sobre un escenario. Las luces revelan que estoy usando una camisa roja con lunares tan blancos como mis pantalones. Supongo que las maestras pensaron que en la primavera hay flores, que las flores se encuentran en jardines y que los grillos comen pasto y que por eso era buena idea disfrazarme del Negrito Sandía. Varias generaciones de mexicanos crecimos con Cri Cri, pero ahora que lo pienso es ligeramente racista.

La segunda: Por qué las maestras decidieron disfrazarme de french poodle para el festival, siempre será un misterio, pero ahí estaba en el teatro del IMSS con bolas de algodón en mis patas y cola y una máscara de fieltro que afortunadamente cubría mi identidad. Aunque era un perro, mi trabajo consistía en gatear siguiendo un patrón de cinta pegada en el suelo y brincar por un aro cuando me dijera la maestra. En algún momento se me cayó la máscara y me la volví a poner pero al revés. Como resultado me fue imposible ver las líneas de cinta pegadas en el piso y el resto del espectáculo deambulé por el escenario como la mascota poseída de Emily Rose,

La tercera: Era una de las llamadas “tablas rítmicas” en el patio de la escuela. Vestía shorts blancos y playera polo azul rey con una J en la espalda. Mi madre me había hecho un par de pesas como de caricatura usando cartón de papel de baño y bolas de unicel pintados de negro. Bailaba una canción de Vaselina mientras fingía hacer ejercicio. Creo que era una versión moderna del culto a  a Xipe Totec.

La cuarta: Es tan extraña que incluso he empezado a dudar si lo viví o lo soñé. Sólo recuerdo que mi disfraz era de doctor y bailaba en círculo con un canguro, una viejita y –posiblemente lo más perturbador- un niño disfrazado de niño.  Sospecho que ese año mi maestra estaba pasando por una racha de abuso de sustancias.

Si eso ocurría cuando era niño, las cosas ahora no son tan diferentes. Este mes he visto niños que desfilan por la calle en una especie de carnaval improvisado camino a la escuela. Van vestidos de animales de granja, vegetales y flores, pero también de minions, princesas, menonitas y juraría haber visto a uno disfrazado de torta ahogada. Sólo espero que las maestras hayan disfrutado su venganza, que los papás hayan tomado muchas fotos y que los niños se hayan divertido… Basta hojear el periódico para que se nos quiten las ganas de celebrar cualquier cosa, pero a fin de cuentas el invierno terminó, y aunque este mundo se parece cada vez más al inframundo Perséfone salió a pasear y la tierra nos regala flores y otra oportunidad de dar frutos. Como agradecimiento lo menos que podemos hacer es una tabla rítmica surrealista.

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