Margarita Velázquez recientemente recibió su certificado oficial de secundaria tras concluir su preparación y acreditar sus exámenes en el Instituto de Alfabetización y Educación Básica para Adultos (INAEBA).

Sin embargo, la historia de Margarita en INAEBA empieza tiempo atrás, cuando sus primeros hijos ingresan a estudiar primaria y ella, al no saber leer ni escribir, se ve imposibilitada de poder ayudarlos con sus tareas.

Con orgullo y nostalgia en sus ojos, recuerda que “cuando empecé a llevar a mis hijos a la primaria, la maestra encargaba tareas y de repente se quedaban algunas inconclusas porque yo no podía apoyarlos. Entonces me pasa el mensaje de que había educación para los adultos y que yo no tenía por qué estancar ni a mis hijos ni a mí. Me dijo: si usted tiene la capacidad para tener una familia grande, también la tiene para estudiar”.

Aunque esas palabras retumbaron en la mente de Margarita, aún pesaban mucho las ideas que desde pequeña le inculcaron. “A mí me decían que las mujeres no están para estudiar. Se casan, tienen hijos, el quehacer y se acabó. Me dejaron muy marcada ese tipo de ideas negativas y yo siempre tuve miedo de agarrar un libro”.

Con el paso del tiempo y el crecer de sus pequeños, entendió lo que la maestra le había dicho. “Cuando me doy cuenta de que mis hijos también se pueden estancar, me lleno de terror y de pánico porque no había de otra, tenía que enfrentarme a lo desconocido”.

Cuando era analfabeta, tenía un empleo en una mueblería que implicaba bastante desgaste físico, “cuando entré ahí, no me pidieron estudios, solo que fuera apta para cargar”.

Su asesora de INAEBA, a la que ahora considera su amiga, cada vez que la veía flaquear, la impulsaba nuevamente a continuar; y así, primero aprendió a leer, escribir y a realizar operaciones sencillas. Posteriormente logró terminar la primaria, y es cuando Margarita vuelve a dudar, pues vio la necesidad de trabajar más para que sus hijos tuvieran más oportunidades de estudio.

Y es cuando su asesora vuelve a intervenir y la convence de seguirse preparando. Vuelve Margarita a creer en sí misma, y comienza a estudiar la secundaria; tiempo después uno de sus hermanos enferma, y se ve en la necesidad de irlo a cuidar a un hospital de Querétaro, así que los sábados, al salir de trabajar, se iba con toda la esperanza de apoyarlo para que mejorara su estado de salud, y al mismo tiempo, el de ella de poder concluir sus estudios.

“Me llevaba mis libros y lo cuidaba el resto del sábado y hasta la mañana del domingo que llegaba otro familiar a cuidarlo; cuando él sale de terapia intensiva, se sorprende de verme estudiando. Recuerdo que me dijo, ¿Qué te parece que sigues estudiando y un día, tú seas mi enfermera? Y yo le dije, tú no vas a estar enfermo siempre, tú vas a mejorar”.

Su hermano complementó la fortaleza que necesitaba Margarita para no claudicar. Lamentablemente, él falleció al poco tiempo, pero ella guarda con gran satisfacción el hecho de que la vio estudiar y con todo el deseo de superarse.

Trabajó durante un tiempo en una empresa que le permitió pagar los estudios de sus hijos, y cuando deciden liquidarla, lo primero que ella hace es comprar una máquina de coser, y con los conocimientos adquiridos, tuvo la capacidad de instalar un taller de costura.

“Ya no hay porqué tener miedo a los números, a las líneas, me siento con la seguridad suficiente para salir adelante, y esto que tengo ahora en las manos, lo quiero pasar a las nuevas generaciones, a mis nietos”.

La satisfacción que tiene Margarita por haber podido estudiar la motiva a que cada vez que tiene oportunidad, anima a las personas a estudiar.
“Mientras tengamos vida, tenemos la esperanza de llegar a ser algo o alguien (…), los patrones que yo venía arrastrando ya quedaron a un lado para siempre”.

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