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DE REGRESO A MÉXICO

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Comienzo estas líneas cargadas de tristeza, de profundo coraje, y como siempre, ese sabor amargo de la impotencia vuelve a amargarnos la saliva. Después de mi pequeño itinerario por tierras colombianas, vuelvo a México, a esta tierra bendita que nos ha dado todo, menos buenos gobernantes. No habían pasado ni siquiera cuarenta y ocho horas de mi arribo a la Central de autobuses, cuando el que estas líneas escribe, recibí una fatal noticia que me dejó sin aliento: asesinaron cobardemente a un gran amigo y colaborador, mi estimado colega, el abogado José de Jesús Bermúdez Romero. Aún no he terminado de asimilar la noticia, aún no acepto ver su nombre en los obituarios de los diarios locales, en las esquelas periodísticas. Hay notas que deberían ser escritas con sangre, para que las personas pudieran salpicarse un poco del dolor ajeno, y tomásemos más conciencia de lo que está pasando en este territorio donde tiempo atrás la gente sólo moría por causas naturales; lamentablemente hoy no es así, y pareciese como si en la actualidad no natural es morirse de una muerte violenta. En esta ocasión me tocó vivirlo en carne propia, y he comprobado que es mentira lo que muchas autoridades ventilan sobre las muertes de algunas personas: estaban en malos pasos. Eso es falso. “el flaco”, como le decíamos los amigos, no era el villano de ninguna historia. Aún lo recuerdo compartiendo el estrado con un servidor, saludando a fiscales, defensores, secretarios de juzgado, jueces. Su pasión futbolística lo hacía hacer más amigos, de todos los niveles, de todas las clases sociales. Padre ejemplar, que quienes tuvimos la fortuna de convivir con él, sin el protocolo del saco y la corbata, lo recordamos siempre en compañía de sus hijos, los cuales eran su motor de vida. ¿En qué termina la vida de un buen hombre en este miserable territorio de lágrimas en que han convertido a Guanajuato? En esta perla del bajío, basta con salir a las 7 siete de la mañana a llevar a tus hijos al colegio, para que una escoria social, de esos que las instituciones de salvaguarda de los Derechos humanos se empeñen en llamar bajo el mote de “personas”, se te acerque con pistola en mano, y sin importarle la existencia del cielo y del infierno, dispare en reiteradas ocasiones sobre el pecho de un buen hombre, un ciudadano que producía, que mantenía a una familia, que pagaba colegiaturas, que daba un buen consejo, que se ganaba el pan de forma honrada, a diferencia de tanto funcionario, que cobran por calentar las sillas, los curules, las estadísticas. Veo los diarios, las redes sociales, y los veo plagadas de moños negros y manchas de sangre, policías acribillados, descuartizados, arrancados de sus familias como si fueran muñecos de trapo, bajo la indiferente mirada de las autoridades, que se limitan a darles una ceremonia fúnebre más mediocre que las indemnizaciones que les otorgan a los deudos del difunto. El dolor se respira en el aíre, y tal parece que este año, para estas vísperas, Guanajuato no volverá a tener una “noche de paz”, al igual que hace tantos años. Nos hemos convertido en una tierra donde cualquier hijo de vecino se siente el cartel del barrio y cargan pistola tan fácil como cargar una mochila, y sus disparos no discriminan a nadie: lo mismo disparan a un niño, una mujer, un anciano, un civil o un policía. Las autoridades deberían de ser tan eficaces como esas malditas balas criminales. Pero no. Hay algo turbio detrás de toda esta sangrienta obra de teatro, el guionista de esta horrenda dramaturgia ha decidido que todos deben morir, menos los malos. Quisiera preguntarle a tan mefistofélico escritor, ¿a cuánto ha vendido los derechos de autor de su sangrienta payasada? Y sobre todo, ¿a quién se los vendió?.

Solía decir el enciclopedista Jean Jaques Rousseau, “que no te disfracen tus cadenas con flores”. Tal parece que nos han dado un ramo de hermosas margaritas, bajo el nombre de “León cada vez mejor”, “hemos bajado el índice de homicidios”, “policías más capacitados”, “juzgados cívicos municipales”, policías capacitados en atención a víctimas, siendo irónico que ellos mismos son víctimas de injusticias laborales, atropellados en sus Derechos Humanos, acosados por sus propios mandos. Me gustaría que estas líneas tuvieran la fuerza de una imagen pornográfica, para que por fin tuvieran la atención que necesitamos para despertar. Continuaría escribiendo, pero la tristeza de mi mano izquierda no da para más. Dios les bendiga. Descansa en paz, querido “flaco”.

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