martes, agosto 25, 2026
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DE LA ANARQUÍA A LA DICTADURA

Los estudiosos de la economía saben por el conocimiento de la historia que la anarquía, es decir, la enajenación por la violencia, conduce a los grupos humanos, invariablemente, de la anarquía a la dictadura, después de inenarrables sufrimientos. En busca de la paz cualquier opción que les acerque a vivir con relativa seguridad la aceptan y, aunque sea sólo una quimera, los convence de consentir la “redención”.

Es indudable que los mexicanos vivimos en un estado alterado en busca del equilibrio que acerque a la paz,  que si bien puede resultar efímera, de no traer consigo la vigencia de un Estado de Derecho que garantice un mínimo de justicia, el ser humano busca la paz y, en ocasiones la acepta, aún  cuando la nueva relación se encuentre lejos de la justicia habida antes de la ruptura del orden jurídico.

Los equilibrios se dan cuando los dominantes se ponen de acuerdo en un estado de cosas que les permita el desarrollo económico, condición para acumular trabajo en forma de riqueza, que no se produce en estado de anarquía. El peligro de desatar la lucha cruenta de los contrarios que contienden en una sociedad cualquiera, estriba en que se da ocasión para   buscar un nuevo equilibrio, para el cual, es indispensable el concurso de poderes fácticos extraños a la realidad nacional.

De ahí la frecuencia de las intervenciones de los países dominantes en los conflictos internos de los débiles, cuyos contendientes buscan en el exterior apoyos para  equilibrar fuerzas y obtener la victoria sobre su contrincante. El problema radica en que nadie ayuda altruistamente y, el conflicto, que pudo resolverse internamente, requerirá ahora de la negociación con un elemento mucho más poderoso que el “vencedor”, de donde deriva una dependencia costosa y dolorosa para la sociedad en su conjunto, quien por razones naturales se apartará del proyecto de país, antes consensuado.

Es situaciones críticas es necesario acudir a las expresiones supremas de la filosofía política: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, que ha de ser analizada más allá de los discursos, en las aulas y los hogares desde la más temprana edad; de la misma manera, el niño y el ciudadano deberán entender por qué los conflictos entre países deberán resolverse pacíficamente y ningún Estado soberano deberá intervenir, condenando o absolviendo a una de las partes en conflicto.

La injusticia conduce invariablemente a la desigualdad y ésta a la violencia, más virulenta cuanto más agraviadas se encuentren las víctimas. El Estado justifica su vigencia sólo cuando su objetivo es convertir la democracia en forma de vida, que busque el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.

La unidad de la sociedad en lo fundamental es imprescindible para el advenimiento de la paz, que se afianzará sólo en un equilibrio propiciado por la justa distribución del producto del trabajo social. Dividir un país, por cualquier medio, es propiciar su ruina.

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