viernes, agosto 28, 2026
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CUÁL DEBE SER EL OBJETIVO TORAL DE LA EDUCACIÓN

El encierro obliga a confrontarnos con nosotros mismos, a la luz del interés de quienes están más cerca en los momentos difíciles, en donde la incertidumbre se enseñorea de nuestros pensamientos y apreciamos con meridiana claridad lo que el romano llamó la levedad de la vida.

Por más años que el ser humano viva, le parece vivir un sueño que comenzó apenas ayer y, que de pronto, se acerca el final, súbitamente cuando no es bienvenido, porque el tramo de la existencia, nos parecía más largo.

Queremos seguir viviendo, especialmente cuando nuestras potencialidades están en marcha; cuando disfrutamos del discurrir de la vida y gozamos el mañana, cual si no tuviera término ni condición. Entonces la pregunta que se impone, es: ¿hemos aprendido a vivir?

Ante la interrogante, nos damos cuenta, qué lejos estamos de llevar la existencia, conscientes de que no la aquilatamos y menos aún, valoramos el no estar solos en el universo; tampoco, poder comunicarnos con otros y deleitarse cotidianamente de la vida; tomando de ella, motivos para amarla en comunión.

Mirando al pasado no encontramos explicación a las atrocidades que cometemos contra otros y jamás reparamos en el sufrimiento que implicó, darnos la oportunidad de vivir, aunque fugazmente, la libertad y la felicidad.

Ambas, libertad y felicidad pueden apreciarse y disfrutarse plenamente cuando somos conscientes de lo que ambas significan, haciendo uso de nuestra capacidad de reflexión. Qué lejos nos sentimos de aquello que apenas ayer teníamos y, de repente, se abrió una brecha, acaso irreductible, que nos aparta de no sabemos qué con certeza, pero nos embriaga de ansiedad y depresión.

La educación como instrumento para llegar a ser, aquello que nuestra naturaleza tiene impreso en la realidad que nos mueve, debe conducirnos prioritariamente a la vida consciente; a la convicción de nuestra frágil temporalidad, para poder disfrutar la oportunidad de tener conciencia y apreciar los matices del color, en la alborada o el ocaso; sentir en cada día y en la penumbra, la gratitud de haber sido parte del universo consciente.

La educación debe ser todo aquello en lo que nos hemos empeñado, sin olvidar la esencia del ser humano y aprender a amar las potencialidades de nuestra razón, de la libertad y el culmen de nuestra misión: sentir la felicidad vibrar en lo íntimo del ser y trabajar apasionadamente, para que otros, en el mar de la existencia, puedan compartirla con cada uno y solazarnos que así sea.
Ser plenamente, para que el tener, sea patrimonio generosamente compartido.

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