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Después de la explosión

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La mañana siguiente a la explosión en un domicilio de la colonia Lourdes, el sonido del desastre fue reemplazado por el de la limpieza. El estruendo dio paso al barrido de vidrios rotos y a la evaluación de los daños. Para decenas de familias, la onda expansiva no solo dejó ventanas y muros destrozados, sino también el enfrentar por su propia cuenta los costos de la reparación.

El estallido ocurrió el martes, cerca de las 8:00 de la noche. Según los testimonios, se originó en una casa en la calle Pakistán número 310, que los habitantes identificaron como un salón de fiestas donde, al parecer, se llevaba a cabo una celebración en ese momento. La causa, murmuran entre ellos, fue una fuga de gas.

“Salimos y estábamos todos blancos. La onda nos tiró al suelo”, contó Ángeles, todavía con asombro. Para ella y su vecina Fátima, el recuerdo de la explosión en su calle, la Privada Costa Azul en Paseos del Maurel, fue una mezcla de estruendo, confusión y el impacto seco contra el piso.

Otra vecina describió la magnitud de la deflagración, como una fuerza que fue más allá de un simple ruido. “Hasta tembló. Todo vibró, como una vibración pero en grande”, comentó, describiendo un pánico que se apoderó de la calle en segundos.

Al amanecer, el miedo se volvió vulnerabilidad; puertas abiertas y ventanas rotas invitan a la inseguridad, una preocupación constante en la zona.

“Ya nos dijeron las autoridades municipales que no nos van a ayudar con las reparaciones. Tememos que se metan a nuestras casas, porque en la zona ha habido muchos robos”, expresó una de las afectadas.

El impacto se hizo evidente en la historia de la señora Fátima, quien puso rostro y cifras al desastre. Mientras un empleado de una vidriería cotizaba el costo de reparación de sus ventanas, que oscilaba entre mil 200 y mil 500 pesos, tanto para ella como para sus vecinos, la señora Fátima, con un reflejo de tristeza en su rostro, lamentaba las pérdidas y observaba los demás daños en su hogar.

“Es lo poquito que uno va construyendo con esfuerzo y luego, ¡pum!, ya todo caído”, expresó con tristeza.

Sin embargo, en medio de la desgracia, la señora Luciana de la calle Privada Costa Azul 316, interior 12-A, se aferra a lo que considera una intervención divina.

Ella y su hija no estaban en casa porque regresaban del funeral de su madre en el municipio de Salvatierra. Un retraso inesperado les hizo perder el autobús de las 5:00 de la tarde, el que usualmente tomaban. Ese imprevisto, esa molestia momentánea, sin saberlo, les salvó de estar en su domicilio cuando la explosión lo destrozó.

Mientras limpian los escombros y sacan cuentas que no tenían contempladas, los habitantes de la Privada Costa Azul se organizan. Se apoyan entre sí, enfrentando una crisis que los ha dejado con una deuda inesperada y, sobre todo, con el alma en vilo cada vez que cae la noche.

Mientras limpian los escombros y evalúan los daños inesperados, las familias de la Privada Costa Azul se unen. Se apoyan mutuamente, donde afrontan una situación que les dejó una deuda que no estaba en sus planes y, lo que es más importante, una constante preocupación al caer la noche.

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