
Ahí estaban la madre, la esposa y la hija frente al féretro café oscuro donde reposaba el cuerpo de un policía caído cuando iba a descansar. No llegó al hogar de El Carrizo, no pudieron darle la última bienvenida. En tarde fría y nublada, con llovizna que se empotraba en el ambiente, soltaron un llanto sordo; lloraron en hombres de amigas y recibieron la bandera de México y el quepí de Raúl Israel Bonilla Partida.
Llanto por el comandante
Ya lo esperaban familiares, autoridades, escolta, banda de guerra, pelotón para las salvas y quienes le conocieron y quisieron. Los restos mortales del comandante llegaron a la sede de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, ubicado en el fraccionamiento Villas de Guanajuato, entre el ulular de sirenas que resonaban por el sur del municipio desde minutos antes.
Las torretas le abrían paso y las sirenas soltaban un llanto que atentaba contra el estoicismo de quienes querían soltar el llanto y de quienes lloraban quedito, con evocación y en busca de resignarse.
Al comandante Bonilla lo recibió un toque de duelo, con un trompeta que sufrió para que no le ganara el dolor. El redoble de tambores contrastaba con esa madre con el rostro compungido, pero en alto, mientras que madre e hija se consolaban entre sí, abrazadas, al lado del titular de la Secretaría, Samuel Ugalde, y de la presidenta municipal, Samanta Smith. Atrás, abajito de un árbol, el ex alcalde Alejandro Navarro, quien durante 6 años trató a ese hombre que empezó como eventual, pasó a policía raso y años más tarde ascendió a oficial y comandante.
El pase de lista: ¡Oficial Bonilla Partida, Raúl Israel!, las tres veces nombrado y los tres ¡Presente! como respuesta recordaron aún más su ausencia.
La ceremonia siguió su curso: colocación de la bandera sobre el ataúd y las guardias de honor, iniciadas por la presidenta municipal y Samuel Ugalde.
Continuaron con un dolor ceremonial: la entrega de la bandera y el quepí (la “gorra” que usan policías y militares). Jacqueline, la esposa, enjugó su llanto con el lábaro patrio, abrazada con su hija. Samantha y Samuel contenían el llanto, mientras que la madre del caído dejaba salir lágrimas lentas por las mejillas dobladas por la edad. Delgadita, achicada por los años, se erguía como gigante.
Luego los mensajes: Ugalde buscó que no se le quebrara la voz. Conocía a Raúl desde hace varios años e hizo una semblanza de inicios y desarrollo profesional de un policía que supo entender como mando las necesidades de la base porque empezó desde abajo.
Samantha Smith, con palabras de consuelo y el recordatorio que la gente noble y buena se queda a vivir en los corazones.
Beatriz González, una de las veteranas de la corporación, recordó al compañero, su carácter y exigencia, su dureza y comprensión, su saber entender “a la tropa”: “intrépido, espontáneo y muy atravesado, pero escuchaba al personal y buscaba soluciones…” Y recalcó con tono más alto: “¡soluciones!”.
Un “¡adiós, Zeus 3!” fue la despedida, a la que seguirían un minuto de aplausos y otro de silencio, tan silencioso como el llanto sordo de las mujeres que lo amaron: madre de un policía, mujer policía esposa de un policía, hija de policía. Su hijo también pertenece a la corporación.
El cuerpo regresó a la carroza, con el nuevo cantar de trompetas y tambores, con el saludo policial de “¡Policía Municipal de Guanajuato: honor, lealtad, sacrificio y honestidad!”, el féretro se fue rumbo al destino del cuerpo perenne y el recuerdo eterno.
El eco de las siete salvas que resonaron minutos antes se mezcló con el ulular de patrullas que hicieron cortejo rumbo al velatorio.
Madre, esposa e hija se quedaron un rato para recibir consuelo con abrazos y condolencias. En la sede de la policía municipal sonaba cada vez más lejano el ¡presente!, ¡presente!, ¡presente!




