Sin duda alguna, la serie más exitosa en lo que va del año es “El juego del calamar”, que trata sobre un grupo de millonarios que eligen personas con serios problemas económicos para participar en juegos mortales. Aunque la temática de seres humanos cazando a otros seres humanos por mera diversión se ha manejado en películas y libros como “Los juegos del hambre” de Suzzane Collins, “Battle Royale” de Koshun Takami y “La larga marcha” de Stephen King, en la vida real ha habido casos registrados. A veces porque el contexto histórico lo permitía, y otras por un asesino desequilibrado.

Uno de los primeros registros de estos ejemplos era la Krypteia, un ritual en el que los jóvenes de la antigua Esparta ponían en práctica sus conocimientos militares y cinegéticos cazando a los ilotas, quienes eran los esclavos de nivel más bajo. De acuerdo con el historiador Plutarco:

“Durante el día, los jóvenes, dispersos en lugares cubiertos, permanecían escondidos y descansaban; al llegar la noche bajaban a los caminos y degollaban a los ilotas a quienes conseguían sorprender. También se presentaban en las granjas y mataban a los más fuertes y mejores”.

Ese no es ni el primero, ni el único ejemplo en la historia. En el libro “Las cacerías del hombre. Historia y filosofía del poder cinegético” el filósofo Grégorie Chamayou recopila varios ejemplos, que van desde el antes mencionado hasta la cacería de inmigrantes ilegales por parte de los estadounidenses que radican en la zona fronteriza. Uno de los ejemplos más escabrosos es el de los ricos y poderosos organizándose para cazar indigentes, lo que demuestra que “El juego del calamar” no es tan descabellado. La caza de pobres ocurría en 1657 en Francia, cuando el poder monárquico decidió eliminar el problema de la indigencia y la pobreza de una manera práctica: con el internamiento… pero para lograr eso, primero había que cazarlos, de modo que se enviaron agentes a las calles a dar caza a las personas sin hogar. Eran los arqueros los encargados de esta labor que hoy en día sería un atentado a los derechos humanos. Primero se les desterraba, pero después, dice Chamayou: “ya no eran expulsados a campos y bosques, sino capturados para recluirlos entre las paredes del hospital”.

Los casos anteriores son tétricos, pero nada se compara con lo que haría en el siglo XX un hombre llamado Robert Hansen.

EL PANADERO

Si un asesino serial feminicida ya es de por sí despreciable, Hansen se excedía. Nació en 1939 y en Alaska se convirtió en un tipo huraño y solitario al que le fascinaban las armas, el fuego y la cacería. Abrió una panadería y comenzó a volar una avioneta con las que se ganaba la vida, pero tenía un macabro secreto.

Solía ir a la ciudad de Anchorage, donde buscaba trabajadoras sexuales a las que llevaba a su cabaña y después las soltaba en el bosque, donde las cazaba con su fusil M-14. Así murieron 17 mujeres hasta que Cindy Paulson escapó y denunció al asesino, produciendo una investigación a fondo que condujo a la captura. Hansen murió en 2014.

Como último dato, está el artículo “Hunting humans: A future for tourism in 2200” del académico en turismo Daniel Wright, de la Universidad británica de Central Lancashire, publicado en “Science Direct”, especula que para 2200, debido a la sobrepoblación y las desigualdades sociales, es factible que la cacería de seres humanos se convierta en una actividad real para viajar.

Ojalá que el profesor Wright se equivoque.

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