
Como cada mañana de primero de enero, León amaneció semi desierto. Poca gente en las calles, los paraderos del Sistema Integrado de Transporte y las unidades transportando uno que otro trasnochado y algunos empleados, y los tianguis y mercados recibiendo a los contados clientes que se preparan para la nueva fiesta: el 6 de enero.
Por supuesto, el nuevo año arranca con muchos retos para los guanajuatenses. Uno de ellos será el aumento de nuevos impuestos, y otro, seguir sorteando la pandemia del coronavirus y la inevitable variante Ómicron.
José Cabrera trabaja como guardia de seguridad para empresas privadas. Para él, el Año Nuevo transcurrió como cualquier otro día. Durante la mañana del 1 de enero se preparó para regresar a su casa, rumbo a la salida a la carretera a San Francisco del Rincón.
“Trabajo desde hace cinco años de guardia, y para mí ya es normal que Navidad y Año Nuevo sea como cualquier otro día. Chamba es chamba y de algo voy a tener que comer. A mis 34 años ya no se consigue otro trabajo tan fácil”, señala.
Los trabajadores del servicio de limpia, los comerciantes, los policías, tránsitos y miembros de la Guardia Nacional; los despachadores de gasolineras y empleados de supermercados, fueron quienes desde las 7:00 de la mañana trabajaron en el primero de enero, mientras otros ciudadanos o bien seguían la fiesta, o se curaban la terrible resaca de la madrugada anterior.
La Pulga, el tradicional tianguis sabatino de León, recibió a su clientela como cualquier día. Vendedores de comida y uno que otro comerciante de ropa, como Antonio Pérez, empezaron a trabajar desde las 6:00 de la mañana.
“La verdad, yo me dormí temprano. Así es como tenemos que empezar el año nuevo, en el jale. No tenemos más opción como está la crisis, y se ve que este año tampoco va a estar muy fácil. Hay que prepararse para lo que viene”.
Como es habitual, la noche del 31 de diciembre se escucharon los estallidos de cohetes, y durante la mañana no faltó el usual manto de contaminación en el cielo leonés.